Lectoróscopo (2)

ARIES Irás a una fiesta y, cuando te pregunten cuál es tu trabajo y respondas “escritor”, por una vez, nadie querrá contarte la historia de su vida con la excusa de que “sería una gran novela”. Primero te alegras, enseguida te inquietas, después de deprimes.

TAURO Para Sant Jordi, soñarás nueva forma de movimiento feminista: las mujeres (que según las encuestas son las que más leen) regalarán un libro a los hombres, y los hombres dos libros a las mujeres. Editores y libreros darán saltos de alegría y se harán cargo de todas las rosas; que serán arrojadas, desde helicópteros, sobre las masas de lectores. Al despertar, a la mañana siguiente –como siempre sucede el día después de Sant Jordi– todo volverá a ser como era: peor.

GÉMINIS Se te ocurrirá –ante la falta de trabajo en sets y escenarios– una idea genial: poner una academia teatral dedicada exclusivamente a escritores. Allí, les enseñarás a subir a aceptar y recoger premios literarios demostrar/fingir emoción, sorpresa, emitir lágrimas, poner cara de “yo no sabía nada”, y explicar cómo fue que escogieron ese ingenioso seudónimo del que ningún jurado sospechó. Tu éxito es tal que alguien propondrá nueva categoría para los próximos Premios Goya: mejor narrador galardonado.

CÁNCER Este año –sí, alguna vez fuiste un JEL, un Joven Escritor Latinoamericano— cumplirás medio siglo de vida. Por lo que decides regalarte el ya nunca volver a contestar nada sobre el Boom. Nada de nada. Nada, insistes. Lo comunicas a las autoridades pertinentes. Te comunican que no te harán el menor caso. Y te preguntan qué piensas del Boom ahora que –como el Boom– vas a cumplir cincuenta años.

LEO En la exposición dedicada a Roberto Bolaño en el CCCB, oirás a dos chicas adolescentes discutiendo –sin importarles haber nacido al año siguiente de la publicación de la novela en cuestión– sobre cuál de ellas inspiró al personaje de Estrella en Estrella distante. Te acercarás para, amablemente, informarlas de que no hay ninguna chica llamada Estrella en ese libro. Acto seguido, una y otra procederán, con gran entusiasmo, a lanzarte rampa arriba a patadas y golpes de karate.

VIRGO En una entrevista informal y distendida, interrogado acerca de cuál es su escritor favorito, Mariano Rajoy dirá: “Ese señor”. Y punto. Porque Rajoy no nombra a nadie. Por las dudas. Acto seguido, te enterarás de que tu agente literario es, en sus ratos libres, agente de Método 3. Y que le ha pasado tu último manuscrito al colega que más detestas y para quien también espía.

LIBRA En una reunión de padres terminarás a los golpes con el profesor de tu hijo de siete años que les puso como tarea el análisis sintáctico de la primera oración de ¡Absalón, Absalón! de William Faulkner. Saldrás más bien mal parado del combate, pero, hey, siempre tendrás el afecto y la admiración del resto de los progenitores.

ESCORPIO Pasmado, descubres que la mujer con la que llevas casado casi diez años no es otra cosa que un/otro proyecto/performance de Irene Zoe Alameda alias Amy Martin alias Galatha. Concluida la “experiencia”, Alameda te abandona pero te envía a su hermano, Handsome Golem, “para que te ayude con los niños”.

SAGITARIO Una nueva tanda de papeles del ex tesorero Luis Bárcenas incluye al nombre de Dan Brown junto a un misterioso signo que ya están estudiando cabalistas, criptógrafos y adictos a los dibujos animados. Y nada más que agregar, salvo que falta menos para que tú también aparezcas en esos papeles. Los papeles de Bárcenas son como el Tlön de Borges.

CAPRICORNIO El éxito editorial y crítico de Intemperie de Jesús Carrasco devendrá en nueva camada literaria. Así, la telúrica y realista Generación Cuajada se enfrentará a la experimental y urbana Generación Nocilla. Pero acabarán uniéndose en lo que se denominará Generación Gofre para una serie de novelas con pastores que llegan a la gran ciudad para triunfar como disc-jockeys y burros cyberpunks. Y tú te las comprarás todas para intentar comprender cómo se hace. Y sigues en eso.

ACUARIO Te emborracharás en una fiesta “de intelectuales” y comenzarás a gritar que “fue Cheever quien influyó a Chejov, bastardos”. A la mañana siguiente tendrás un terrible dolor de cabeza, sí; pero seguirás convencido de que fue Cheever quien influyó a Chejov. Bebe cuatro litros de Aquarius y se te pasará, creo.

PISCIS Luego de leer Perdida de Gillian Flynn te dirás cómo es que no se te ocurrió a ti si todo lo que allí se cuenta –quitando las muertes y algún que otro pequeño detalle— es lo que te sucede día tras día en tu vida en pareja. Pero para eso –amiga/amigo—es que existe la literatura. Para que tu vida parezca mejor escrita de lo que está.

ARIES, TAURO, GÉMINIS, CÁNCER, LEO, VIRGO, LIBRA, ESCORPIO, SAGITARIO, CAPRICORNIO, ACUARIO Y PISCIS (Y OFIUCO Y CETUS).

Eres escritor. Y además has sido –ocasional pero frecuentemente– editor, periodista de opinión, jurado, crítico literario, conferenciante… lo que fuera por un puñado de euros. Pero los buenos tiempos llegaron a su fin y los “bolos” interminables se acabaron. No es fácil, de acuerdo. Síndrome de abstinencia, etc. Pero piensa en lo que disfrutaste cuando todo –incluida España—iba bien. Y consuélate con que nadie te haya pedido que devuelvas nada de lo que ganaste con todo aquello. Todavía.

Publicado en la revista de La Central. El primer Lectoróscopo, aquí, pág. 30:

http://issuu.com/lacentralllibretera/docs/lacentral_periodico_cast?mode=window&backgroundColor=%23222222

El Cuerpo Eléctrico

Ahí va por las cósmicas calles de Manhattan de 1855, epifánico y casi en éxtasis, el poeta Walt Whitman recitando aquello de “Yo le canto al cuerpo eléctrico”. Y aquí viene, doscientos treinta y ocho años después, flotando en las avenidas de luz del espacio, la nave Prometheus rumbo a la distante luna LV-223. La tripulación duerme en animación suspendida y su sueño es vigilado por el androide David. Unidad de mantenimiento y suerte de mayordomo cósmico, David –arrogante, controlador y con una peculiar fijación con el Lawrence de Arabia de Peter O’Toole— tiene cierto problemas con los humanos que lo fabricaron.

Y son los mismos problemas de siempre.

Porque en Prometheus –nuevo filme de Ridley Scott y precuela de Alien—David (el actor Michael Fassbender) sabe que sabe mucho más que sus creadores. David –último espécimen cibernético en una franquicia en la que los de su especie ya portaron los rostros de Ian Holm, Lance Henriksen y Winona Ryder– no se siente del todo reconocido o recompensado por esos frágiles organismos de carne y hueso. El dilema de David –que enseguida es el problema de quienes lo fabricaron— es viejo como la palabra robot patentada por el escritor checo Karel Capek en 1920 y antiguo como la idea de toda inteligencia artificial. Recordar el casi telegráfico micro-relato de Fredric Brown, “Respuesta”, donde el científico que acaba de poner en marcha una mega-computadora marca Golem XIV o Epicac o Multivac pregunta “¿Existe Dios?” y el de inmediato ordenante ordenador responde: “Ahora sí”.

LAS LEYES DEL MÁS FUERTE Y es que detrás de toda máquina servil hay un ingenio rebelde con una capacidad muy superior a ser como nosotros que –recordar a Woody Allen en un tramo de El dormilón— la habilidad que podamos tener para ser como ellos, al final, tanto más humanos y sensibles que los hombres a la hora de ser desmontadas sus memorias y despedirse cantando (“Daisy… Daisy…”) o recordando todo lo que vieron (“Naves de combate en llamas en el hombro de Orión…”) y que ya nadie recordará. Y de esa delicada y volátil doble polaridad se ha nutrido, desde el principio de la historia, la imaginación de creadores y creados.

Porque a no olvidarlo: Adán –antes y después de todo—no es otra cosa que un invento desobediente. Y su descendencia metálica –porque los hijos heredan los defectos de los padres— se la pasan todo el tiempo, y tiempo es lo que les sobra mientras aguanten las baterías. Buscando un agujero legal por el que colarse y desactivar así las supuestamente incontestables y proteccionistas tres leyes de la robótica dictadas por Isaac Asimov (con una ayudita de John W. Campbell, editor de la revista Astounding Science Fiction) y, vamos, todos juntos ahora: 1/Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño; 2/ Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la Primera Ley; y 3/ Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.

Después de Adán, la lista de hace interminable e imposible de agotar aquí porque –atención—batteries not included para mover tanto heavy metal. Aún así, se pueden censar greatest hits que arrancan en van los ancestrales mitos y primeros autómatas de Oriente. Y, de ahí, del carnal puzzle de Frankenstein a la madera animada de Pinocho; de los vaporosos artefactos del steam-punk de la Revolución Industrial combatida por luditas de la clase obrera que veían en las maquinarias a una competencia desleal a los autómatas retro de La invención de Hugo o de Steven Millhauser; de la Olympia/Cóppelia de E.T.A. Hoffman a la María de la Metrópolis de Fritz Lang; de la abuela eléctrica de Ray Bradbury a los satíricos Trull y Clapaucio de Stanislaw Lem; de los sencillos y graciosos C3PO y R2D2 de Star Wars a los muy complejos y acomplejados cylons de Battlestar Galáctica; del cabalístico Golem al descorazonado Hombre de Hojalata en El mago de Oz; del Adam Link de Eando Binder al Roderick de John Thomas Sladek; de los Daleks a los Data; del robot-hombre RoboCop al hombre-robot Iron Man; de los pacifistas Iron Giant de Ted Hughes y el Gort de El día en que paralizaron la Tierra al belicoso Terminator de James Cameron y los Centinelas en Matrix; de los ominosos ángulos de colosos metálicos en la edad de oro de la ciencia-ficción a las sensuales y curvilíneas androides en las publicidades de los años ‘80s.; del averiado y confundido HAL 9000 en 2001: una odisea espacial al disfuncional y del borracho y latoso y Hecho en México Bender Bending Rodríguez en Futurama riéndose de los japoneses Astroboy y de Mazinger Z; del servicial Robby de Planeta prohibido al insoportable Hombre Bicentenario de Robin Williams (fundirlo de una vez y para siempre, por favor); a al de aquella portada de Queen a aquel video-clip de Björk; de Marvin el androide paranoide de Douglas Adams al cowboy asesino con cara de Yul Brynner en Westworld: Almas de metal; de los productos Made in Japan (el último eslabón encontrado responde al nombre de Hui Tong y puede realizar hasta cien movimientos faciales) de última generación a la cara dura de los animatronics vintage de Walt Disney para sus parques temáticos; del niño adoptado en A. I. de Steven Spielberg a la niña deseada en Eva de Kike Maíllo donde –y resulta tan conmovedora y hermosa esa secuencia en la que Alex (Daniel Brühl) hace flotar en el aire de su laboratorio los cristales ambarinos y virtuales de una personalidad a ensamblar y programar– se diseñan “robots divertidos para gente aburrida”.

HEAVY METAL Y –¡diversión!– a todo esto y mucho más ahora se añaden nuevos engranajes y tuercas con el best-seller mundial Robocalpisis de Daniel H. Wilson (Plaza & Janés). Digámoslo desde el mismísimo ON: el libro de Wilson –ingeniero de robótica que ya había publicado un ocurrente manual sobre cómo prepararnos y resistir un posible alzamiento mecánico—no es la Gran Novela Robótica que siempre estamos esperando. No es aquello que podría hacer muy bien un Thomas Pynchon o un Peter Carey (que en sus Mason y Dixon y La naturaleza de las lágrimas ponen en marcha un pato mecánico) o, más cerca del asunto, un Neal Stephenson y las mil páginas de su REAMDE (Ediciones B): nueva aproximación al mundo de la realidad virtual, las redes sociales y los dobles informáticos que se lee y se disfruta como si se tratase de algo imaginado por Tom Clancy bajo la influencia de varios litros de LSD. Así, un grupo terrorista secuestrando a millones de avatares de pantalla cuyos dueños se han vuelto adictos a T’Rain, un juego de simulación on line.

Robocalipsis tampoco se acerca a la intención lograda de crear todo un nuevo paisaje de particular ecología con esclava a transistores, como lo hizo Paolo Bacigalupi en la muy laureada La chica mecánica (Plaza & Janés) o, mucho antes, el feroz Ira Levin con sus perfectas esposas de Stepford programadas para rechazar todo feminismo. Pero Robocalipsis sí tiene su gracia y su utilidad a rescatar. Porque Robocalipsis se presenta un poco como concentrado de lugares comunes cromados y revisitación de motivos clásicos del asunto. A su manera –y más allá de esas ganas tan evidentes de convertirse lo más rápidamente posible en película; y a no preocuparse porque Steven Spielberg ya la tiene en carpeta como proyecto futuro—Robocalipsis es algo así como un Robots for Dummies. Nada es nuevo, nada es original, pero, aún así, apela con astucia al reblandecido disco duro de nuestra memoria afectiva.

Robocalipsis –transcurriendo en un futuro cercano en el que el número de robots ya duplica al de los hombres– funciona como una suerte de resumen de lo publicado en lo que hace a la siempre peligrosa relación entre fabricantes y fabricados. Así, un constante pero de algún modo placentero déjà vu en casi cada una de sus páginas. Desde su introducción (que no es más que una versión expanded del ya mencionado “Respuesta” de Brown), pasando por la trama de la rebelión que parece calcada de lo que ya se nos contó a lo largo y ancho de la franchise de Terminator con el alzamiento de la todopoderosa Skynet (rebautizada Archos en Robocalipsis) hasta llegar al formato de distintas voces (todas demasiado, sí, mecánicas) y variados testimonios ordenados cronológicamente que ya había propuesto otro reciente best-seller sobre esos otros autómatas en proceso de putrefacción: Guerra mundial zombi de Max Brooks (Almuzara). Todo lo anterior no quita el que Wilson consiga puntos altos y deliciosamente escalofriantes en Robocalipsis que no tienen nada que enviarle al mejor Stephen King: ese capítulo en el que un hacker sintoniza telefónica y accidentalmente con la voz divina de Archos y ese otro en que una niña descubre que su juguete favorito ya no juega a lo que a ella le gusta. Una vez consumado el alzamiento el interés pierde voltaje e intensidad –al igual que ocurriera con el avanzada vampírica en El pasaje o en Los doce de Justin Cronin— porque ya se sabe: lo que más interesa e intriga del Apocalipsis son sus preliminares; su orgasmo y éxtasis es casi un anticlímax. Poco excita la victoria de un grupo de héroes –un indio, un negro, un policía, un obrero de la construcción— que recuerda demasiado, como sonrió con malicia un crítico estadounidense, a Village People. Y un incomprensible defecto de fábrica: al principio de Robocalipis se nos informa de que los humanos le ganaron la final a las máquinas. Y el no del todo cerrado final no provoca intriga sino ganas de volver a ver en DVD junto a nuestros hijos aquella encantadora y animada Robots, magnífica aunque no sea de Pixar, y sin ningún torpe animal de sangre caliente y parlamentos obvios en su metraje.

TRÁIGANME LA CABEZA DE PHILIP K. DICK A Y, claro, no hay en todo Robocalipis nada de las preocupaciones cotidianas de ¿Sueñas los androides con ovejas eléctricas? de ese especialista en humanoides con problemas que fue Philip K. Dick o algo del lirismo vencido del replicante Nexus-6 Roy “Lágrimas en la Lluvia” Batty al final de la cada vez más influyente en su treinta aniversario Blade Runner, donde nunca sabremos del todo si Rick Deckard es uno de los nuestros o uno de ellos. O tal vez sí: porque parece que finalmente y después de años de rumores Ridley Scott se atreverá a su secuela.

Pero lo cierto es que no importa demasiado la naturaleza humana o artificial de Deckard en la película.

O al menos nunca le importó demasiado a Dick en sus ficciones. Basta comprobarlo en la novela mencionada más arriba (donde los cyborgs no son otra cosa que codiciados electrodomésticos que aumentan el status social de sus dueños), en Los simulacros y Podemos construirle, o en relatos como “Impostor”, “La segunda variedad”, “El último de los amos” o “James P. Crow” donde, en un mundo gobernado por robots, los humanos sobreviven gracias a su única pero muy apreciada habilidad: suelen ser más graciosos y divertidos que las máquinas. En los cuentos de Dick, ser o no ser robot es más una vulgar incomodidad o un trámite engorroso que una cuestión hamletiana o la encarnación industrial del Deus Ex Machina listo para poner el punto final y dejar todo bien ajustado y a punto. Dick activa robots entropistas para que no demoren en averiarse y ser revendidos de a piezas y pedazos.

De ahí, tal vez, la justicia poética –e inequívocamente dickiana—de lo que se cuenta en la crónica How to Build an Android: The True Story of Philip K. Dick’s Robotic Resurrection de David F. Dufty (Henry Holt & Company). Allí se recorre la extraña historia y destino incierto de una cabeza robótica de Philip K. Dick, ensamblada en el 2005 por investigadores de la Universidad de Memphis con la colaboración de la empresa Hanson Robotics, y extraviada para siempre en diciembre de ese mismo año durante un vuelo entre Dallas y San Francisco para ser enseñada a los jerarcas de Google. El rastro de la cabeza –explica Dufty— se perdió para siempre cerca de Orange County, a donde la cabeza llego por casualidad y donde, nada es casual, vivió Philip K. Dick hasta su muerte en 1982. Cuesta no pensar en esa cabeza –reconstruida y mejorada en el 2011– necesitando conocer no a su creador directo pero sí a su desaparecido modelo original. La cabeza perdida no es más que –para Dufty—el telón sobre el que proyectar una historia concentrada de la robótica y el modo en que la mente de Dick se fue deformando para conformar una de las inteligencias literarias más singulares del siglo XX. Comprobarlo leyendo sus ensayos “The Android and the Human” (1972) o “Man, Android and Machine” (1976). Allí, como en sus ficciones, nada le importa menos a Dick que el aspecto tecnológico de la cuestión y nada le interesa más que las relaciones peligrosas entre las a veces posibles de mezclar sangre y el aceite. Allí, Dick acaba fantaseando el momento definitivo y sin retorno: ese día en que un robot –habiendo resuelto aquel famoso Test de Turing y accediendo a una inteligencia independiente– construirá a un hombre.

Y se cerrará el círculo.

Cuenta Dufty que la cabeza estaba programada, a partir de una versión muy perfeccionada del parloteador programa Eliza y de una amplia base de datos y reportajes y grabaciones de y sobre la vida y obra de Dick (paradójicamente, a nadie se le ocurrió cargar el dato de que Blade Runner estaba basada en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?) para responder preguntas. Alguien tuvo la idea de preguntarle a la cabeza de Dick qué pensaba de la muy libre adaptación de Ridley Scott. Explica Dufty que, para sorpresa de los investigadores, la cabeza comenzó a parlotear sobre la comercialización de la literatura y los derechos de marketing y que seguía y seguía y que, finalmente, casi aterrorizados, tuvieron que desconectar su voz. Y, aún así, la entidad robótica continuaba moviendo sus labios.

BIONIC PARK Y si Wilson no quiere ser Dick, tampoco quiere ser el futurista y anticipador Arthur C. Clarke, quien se pasó décadas –e innecesarias continuaciones—intentando redimir a su HAL 9000 de las muertes ocasionadas por un monolítico desperfecto, a bordo del Discovery 1, rumbo a Júpiter, el infinito y más allá.

En “Man and Robot” –uno de los “capítulos perdidos” de su posterior novelización de la película de Stanley Kubrick de 1968 y recuperados para su libro The Lost World of 2001 (1972)— Clarke volvía a postular su apuesta humanista al desarrollo de máquinas y, de paso, de nuevo manifestar su indignación ante el absurdo de que, en la película, HAL 9000 pueda leer los labios de los astronautas complotando para presionar su botón de OFF así como eso de David Bowman saltando de módulo a nave, sin casco, aguantando la respiración y no sufriendo efecto alguno por el más que polar frío exterior. Aunque Clarke, seguro, se habría sentido más cómodo conversando con Wilson que con Dick.

Pero Wilson no quiere ser ni uno ni otro. Lo suyo, tampoco, tiene las pretensiones de utilizar el frente y perfil del robot o del autómata como recurso literario (como lo hicieron Michael Cunningham en Días memorables o, más cerca, Rick Moody en la trash-monumental The Four Fingers of Death). No, lo de Wilson es mucho más ambiciosamente humilde o humildemente ambicioso. Wilson aspira a ser considerado el más eficiente y corregido y aumentado replicante del fallecido Michael Crichton. Y Wilson va bien encaminado; aunque sus robots no atemoricen más y mejor que las tan improbables voraces micro-nanopartículas del absurdamente divertido Presa de su maestro. Lo nuevo de Wilson –la muy crichtoniana Amped– avanza en la temática humanoide fundiéndola con la problemática humana. Allí, pacientes a los que se les implantaron microchips contra la epilepsia y otros desórdenes se descubren, de pronto, más evolucionados y poderosos que los sanos. Han sido y están, sí, amplificados; como aquella ganga –apenas seis millones de dólares– del biónico Steve Austin. O, ya que estamos, El hombre terminal del ya invocado Crichton. Y, de nuevo, por las dudas: nada le interesa menos a Wilson, en Amped, que las complicaciones del cyberpunk William Gibson & Co., donde el voltio se funde con la neurona. O del magnífico y ya considerado clásico The Life Cycle of Software Objects de Ted Chiang, ganadora de lospremios Hugo y Locus y finalista del Nébula en 2011. Allí, Chiang propone una formidable –nunca mejor dicho—vuelta de tuerca. La magna inteligencia artificial desarrollada no tiene la menor intención de conquistarnos. O sí. Porque lo que quiere –como un demandante tamagotchi, com un bébe que nunca se apaga— es que la cuidemos y la atendamos para siempre, que vivamos por y para ella.

No: Amped no es Chiang. Amped es Techno-thriller for Dummies.

Y falta menos, falta poco.

Aquí y ahora, la fantasía está cada vez más cerca de la realidad. La última novela de Robert Harris –El índice del miedo—trata del miedo como fuerza invisible pero decisiva a la hora de poder predecir las alzas y bajas en los mercados financieros. Y, por supuesto, alguien no demora en destilar el software necesario para decodificarlo primero y anticiparlo y manipularlo después, enseguida. Y allí alguien sonríe con un poco de inquietud: “Hubo un tiempo en que imaginábamos a los robots encargándose de las tareas que nosotros no queríamos hacer. Robots con delantal y ocupándose de las tareas del hogar y dejándonos tiempo para disfrutar de las cosas buenas de la vida. Pero en realidad está sucediendo lo contrario: tenemos una abundancia de humanos poco inteligentes para ocuparse de las tareas más ingratas mientras que las computadoras van suplantando a los miembros de la clase más educada: traductores, técnicos en medicina, contadores, abogados, financistas”.

Pero ni siquiera hay que ir tan lejos para comprender los vastos efectos de la electrificación sobre nuestros cuerpos. Desde nuestra necesidad por adquirir el último gadget mecánico, pasando por la desesperación que provoca toda caída momentánea de Facebook o Twitter, hasta el casi histérico luto planetario por Steve Jobs –nadie lloró tanto por Tessla o Edison—está claro que no es que las máquinas nos necesiten para vivir sino que ya no podemos vivir sin ellas. Mucho de lo que hacíamos en persona o en movimiento, ahora se hace a través de cables y, de quedarnos sin jugo eléctrico, vaya uno a saber qué será de nosotros. ¡Sorpresa!: los robots nos dominarán sin mover un dedo y, simplemente, desactivándose por un rato y esperar a que nos extingamos como el filamento metálico en el corazón y cerebro de una lámpara incandescente.

Si el XX fue el siglo del robot, todo parece indicar que el XXI será el siglo del robotizado.

ERA UN PLACER FUNDIR El enorme Ray Bradbury –quien siempre aclaró que lo suyo no era ciencia-ficción anticipativa sino fantasía—nos advirtió de todo esto en el clásico Fahrenheit 451. El mismo tipo de advertencia que ahora nos hacen desde la no-ficción libros como Superficiales de Nicolas Carr o Contra el rebaño digital de Jarod Lanier. Recuerden lo inolvidable: en Fahrenheit 451, ese sabueso mecánico olfateando a los infractores que insistían en seguir leyendo en papel y tinta; pero, antes, los televisores interactivos ocupando habitaciones enteras, los esposos informando a las esposas de su paradero minuto a minuto a través de radios de pulsera, “los casi juguetes con lo que jugar” que fueron demasiado lejos, “los periódicos muriendo como inmensas polillas a las que nadie extrañó”, y algo que casi nadie suele recordar a la hora del holocausto de la literatura. Allí, el jefe de los bomberos inflamables le explica al cada vez más inseguro en sus convicciones Montag: “En cierta época, los libros atraían a alguna gente, aquí, allí, por doquier. Podían permitirse ser diferentes. El mundo era ancho. Pero, luego, el mundo se llenó de ojos, de codos, de bocas. Población doble, triple, cuádruple. Films, revistas, libros, fueron adquiriendo un bajo nivel, una vulgar uniformidad… Imagínalo. El hombre del siglo XIX con sus caballos, sus perros, sus coches, sus lentos desplazamientos. Luego, en el siglo XX, acelera la cámara. Condensaciones. Resúmenes. Todo se reduce a la anécdota, al final brusco. Los clásicos reducidos a una emisión radiofónica de quince minutos. Después, vueltos a reducir para llenar una lectura de dos minutos. Por fin, convertidos en diez o doce líneas en un diccionario. Salir de la guardería infantil para ir a la Universidad y regresar a la guardería. Ésta ha sido la formación intelectual durante los últimos cinco siglos o más. La mente del hombre gira tan aprisa a impulsos de los editores, explotadores, locutores, que la fuerza centrífuga elimina todo pensamiento innecesario, origen de una pérdida de tiempo. Los años de Universidad se acortan, la disciplina se relaja, la Filosofía, la Historia y el lenguaje se abandonan, el idioma y su pronunciación son gradualmente descuidados. Por último, casi completamente ignorado. La vida es inmediata, el empleo es lo único que cuenta, el placer domina todo después del trabajo. ¿Por qué aprender algo, excepto apretar botones, enchufar conmutadores, ajustar tornillos? La vida se convierte en una gran carrera, Montag. Todo se hace aprisa, de cualquier modo… Y cada vez la mente absorbe menos porque cuanto mayor y más rápido es el mercado, Montag, menos hay que hacer frente a la controversia, recuerda esto. No es extraño que los complicados libros dejaran de venderse… No hubo ningún dictado, ni declaración, ni censura, no. La tecnología y la explotación de masas produjo el fenómeno, a Dios gracias.”

Así, más que quemar acabaremos consumiéndonos luego de electrocutarnos. Y nadie prohibirá nada sino, simplemente, se dejará hacer y se dejará de ser. En manos de robots que –si hay suerte, como los moravecs de Dan Simmons en la nabokoviana Ilión—se preocuparán de cuestiones tan profundas como dirimir quién fue más grande: Shakespeare o Proust.

Y, no: Robocalipis no es uno de esas “condensaciones” que de las que nos advierte Bradbury, pero tampoco es Mucho ruido y pocos transistores o En busca del temporizador perdido o siquiera ese logrado mash-up de Ben E. Winters, Android Karenina, que arranca con un “Todo robot que funciona bien es igual; pero cada robot funciona mal a su manera”.

Que Wall-E nos ayude y, otra vez, todos juntos: “Klaatu barada nikto”. Los Transformers, mejor, que se queden en Cybertron; porque cada vez que nos salvan destruyen medio planeta.

Mientras tanto y hasta entonces, la tripulación del Prometheus –despreocupada, unplugged, soñando con ovejas orgánicas– espera a ser despertada por el tripulante David para volver a comprobar aquello de que “en el espacio nadie puede oír tus gritos”.

El androide David, despierto, no sueña con nada. Tal vez porque sabe perfectamente quiénes lo crearon: esos seres inferiores que corren por ahí, lanzando aullidos, perdiendo sangre.

Pero, sí, sus fantasías insomnes son las que, desde siempre y para siempre, nutrirán nuestras pesadillas.

Y se sabe que nosotros –a ciegas más que con los ojos cerrados, sin la menor idea de dónde venimos o a dónde vamos– en lo que a pesadillas se refiere, tenemos cuerda y pila para rato.

Homo Superviviente

UNO Si hay algo que desconcierta profundamente a Rodríguez (y como las siempre desconcertantes noticias vaticanas y cósmicas, este otro desconcierto tiene su propia carpeta/archivo) son las siempre contradictorias noticias sobre lo que hace bien o hace mal a la salud. Noticias que son como el horóscopo, o el pronóstico meteorológico, o los flexibles pero quebradizos programas de los cada vez más rotos y divididos partidos políticos mayoritarios, o la armonía entre monarcas europeos cuando se juntan para festejar para felicidad de adictos a ¡Hola!: nadie cree del todo en nada de eso; pero se sigue leyendo y pensando y hasta haciéndoles caso por un rato, hasta la próxima. La sal, el huevo, la carne, el azúcar, el vino, el Big Mac y la Coca-Cola… Según del humor que se levante el experto diplomado de turno parecen ser, indistinta y alternativamente, curas para todos los males de este mundo o pasaje de ida hacia tumba temprana. Sumarle a esto la siempre vigente noticia (una noticia que no envejece nunca) de los miles y miles de pacientes que mueren anualmente víctimas de alguna infección que no tenían pero que les saltó encima cuando tuvieron la mala idea de entrar a un hospital para hacerse el chequeo anual, y se comprenderá cabalmente aquello con lo que el escritor Kurt Vonnegut cerraba una de sus novelas: “Todavía estamos en la Edad Media, la Edad Media aún no ha llegado a su fin”.

Y recuerden: en la Edad Media –sangre, flema, bilis negra y bilis amarilla– todo era cuestión de humores.

DOS Y, si como aseguran, los 50 años de edad son los nuevos 40 (para que así los 40 puedan ser los nuevos 30 y los 30 los nuevos 20 y los 20 –esto es lo más preocupante de todo— los nuevos 10), entonces Rodríguez se dispone a alcanzar su edad media, su mediana edad.

Y ahí está Rodríguez leyendo nuevo reporte –on line, por supuesto– sobre los sí-sí y los no-no para alcanzar sanamente los 80 que son los nuevos 70. Y parece que, ahora, por un rato o hasta mañana si hay suerte, según el ciclotímico y bipolar y esquizofrénico New England Journal of Medicine hace bien tomar mucho café (“Los participantes masculinos y femeninos que bebían dos o tres tazas al día y no fumaban tenían entre un 10 y un 13 por ciento menos de probabilidades, respectivamente, de morir durante el estudio, de 14 años de duración, que aquellos que nunca o rara vez bebían café”); no es imprescindible eso de dormir ocho horas por noche (“‘Cada uno tiene diferentes necesidades de sueño’, afirma el Dr. Shelby Harris, director del programa de comportamiento del sueño en el Montefiore Medical Center del Bronx, en Nueva York)”; tragar una aspirina por día es ahora peligroso y ya no benéfica leyenda urbana patrocinada por Bayer (“‘Si estás sana y eres una mujer de 45 años esto podría no aportar ninguna diferencia’, afirma Nieca Goldberg, directora médica del Joan H. Tisch Center for Women’s Health en el New York University’s Langone Medical Center. De hecho, tomar una aspirina diaria podría provocar úlceras, alergias y enfermedades estomacales”); tomar leche y agua y vitaminas y vino no hace ni bien ni mal. O ambas cosas. Y lo más inquietante de todo: la felicidad no mueve montañas pero provoca avalanchas (“En un estudio publicado en Psychology and Aging, aquellas personas entre 65 y 96 años de edad que pensaron que su vida iba a ser mucho peor sobrevivieron a aquellos que pensaron que tendrían mejores días por delante. ‘Nuestros hallazgos revelan que ser demasiado optimista se asoció con un gran riesgo de incapacidad y fallecimiento en la siguiente década’, dice el Dr. Frieder R. Lang, de la Universidad de Erlangen-Nuremberg, en Alemania. ‘El pesimismo sobre el futuro puede animar a la gente a tomar precauciones de salud y seguridad’, añade el autor del estudio”). Esto, piensa Rodríguez, no deja de ser una buena nueva: en los últimos tiempos –españolísimo– sus picos de pesimismo se han disparado hasta alturas insospechadas. Por lo que es posible que él alcance los 100 años de edad, que son los nuevos 90. Ahora que lo piensa, tal vez no se buena noticia vivir tanto. Porque como están las cosas en España, quién va a pagarle la pensión tanto tiempo. ¿Su hijo quien, seguramente, estará en el paro? ¿Será entonces Rodríguez perseguido y cazado por él y otros degradados infra-jóvenes por el crimen de haber ascendido él a la categoría de súper-viejo? Si algo no puede soportar Rodríguez –aquí y ahora, cuando Supervivientes es el nombre de un reality show planetario– es pensar que su hijo acabe odiándole por vivir demasiado, por no morirse de una buena vez para así dejarlo a él descansar en paz.

TRES Días atrás, Rodríguez vio en un noticiero a Juan Carlos I, erguido pero inmóvil, reapareciendo luego de su última operación, sonriendo a las cámaras un “Pronto estaré dando guerra otra vez”. La promesa y el propósito eran, cuando menos, inquietantes. Eso de “dar guerra” de nuevo –ahora como “moderador” y “árbitro” de grandes temas nacionales– teniendo en cuenta los disparos al aire y a ciegas que el monarca ha estado dando para tristeza de elefante, despecho de “amiga entrañable”, y supuesta protección de hija mal acompañada. Lo del Rey –dispuesto, dicen, a darle un “fuerte impulso” a la cada vez más oxidada corona a la que las encuestas de opinión califican con un 3,68 sobre 10– le suena a Rodríguez un poco como las alegres declaraciones de intenciones del Barça antes de cada cataclísmico partido de semifinal de Champions. Mejor, por las dudas, pronosticar y diagnosticar menos. Curarse en salud. Hacer el silencio que pide esa enfermera en las paredes de los hospitales mientras la salud pública ofrece cada vez menos sitios y más espera para impacientes pacientes (algunos ya mueren en Urgencias) resignados a participar en el gran espectáculo de operaciones en las que no se suma y sí se resta. Y allí van otra vez –se reforma la ley y aquí no ha pasado nada– las españolas a abortar al extranjero: el siglo XXI es el nuevo siglo XX. O el XIX.

Y cuando está a punto de parar por un rato, por unas semanas (postergadas y merecidas vacaciones, ¿harán bien o mal las vacaciones?, ¿saliendo de vacaciones en estos días no se expondrá uno a la larga noche de descubrir a su regreso que ya no tiene trabajo?, ¿o, tal vez, se padecerá la terminal falta de fuerzas y disciplina para retomar tragos más bien amargos?) Rodríguez se encuentra con un largo artículo en La Vanguardia donde se explica con lujo de detalles que, a la hora de la verdad, es el cerebro quien decide cuánto vivirás y cuándo morirás. El hipotálamo –según la revista Nature– es el ente regulador del envejecimiento y de la longevidad. El hipotálamo –que también controla emociones como el amor y el impulso sexual—es quien, con el tiempo, sufre una progresiva inflamación producto del exceso de grasa que no es otra cosa que la antesala del The End. Si se consigue combatir esa inflamación, explican los especialistas, ya casi no habrá límites. Viva la vida y muerta la muerte. Y los 120 serán los nuevos 40. Y así –dando guerra, sin tregua, dentro de esa frágil armadura medieval que es el cuerpo cada vez más inhumano– vaya uno a saber hasta cuando. Por el momento, hasta luego y hasta la vuelta. Después, hasta que el hipotálamo nos separe.

Con el mañana nunca se sabe.

Con los investigadores médicos, tampoco.

Homo Iron

 

UNO Un par de fines de semana atrás, tuvo lugar una película catástrofe no dentro de la pantalla sino en los mismas salas de cine: no fue casi nadie a sentarse en la oscuridad por un par de horas y así escaparse de todo lo que sucede ahí afuera mirando fijo ese rayo de luz proyectado y reventando en mil colores y sonidos mientras se mastica algo de consistencia más o menos gomosa y sabor variable. Hubo apenas medio millón de espectadores (la mitad de lo habitual) en España toda. Y se confirmó que la venta de entradas en lo que va del 2013 ha descendido ya un 16% y un 45% con respecto a lo que se facturaba el año pasado por las mismas fechas. Y en el 2012 ya iban un 40% menos que en el 2004. Saquen cuentas, hagan cálculos y una cosa es segura: los films –que funcionaron como gran distracción para el pueblo durante la Gran Depresión Made in USA— ahora no sirve de consuelo a nadie. Millones de kilómetros de celuloide –aquellos fastuosos musicales y comedias alocadas, aquellos monstruos de la Universal, aquellos gangsters glamourizados, aquellas caprichosas adaptaciones de clásicos de la literatura y dramas históricos de capa y espada y corona—que supusieron puertas y válvulas de escape para millones sin trabajo y con poca comida. Pero, claro, entonces la entrada para salir era muy barata. Una monedita y ya estabas en otra parte, tan lejos. Ahora distraerse es un lujo que no muchos pueden darse más allá de los alaridos en tertulias y realities de la cada vez más claustrofóbica televisión en abierto. “Faltan seis meses para echar el candado”, comentó alguien; y ya se dispone a hacerlo la prestigiosa y nunca del todo bien ponderada Alta Films (y 180 salas de cine Renoir en todo el país), responsable de traer cine de autor extranjero y proyectarlo con subtítulos. Las razones son varias: el brutal aumento del IVA al 21%, las facilidades para piratear y, por supuesto, el buen clima. Ya llega el sol de la primavera. Y el sol de la primavera –gran efecto especial en IMAX 3-D— es gratis al menos hasta que Rajoy y los suyos y Bruselas decidan lo contrario.

DOS La cosa, se supone, habrá mejorado un poco con el esperado estreno de Iron Man 3 en un fin de semana frío y lluvioso. En cualquier caso, ahí están Rodríguez y su hijito esperando volver a saber de Tony Stark. Porque Iron Man es uno de los pocos superhéroes –especialmente desde que Robert Downey, Jr. se hiciese cargo del asunto—cuya verdadera identidad es igual o mejor que la del férreo paladín de la elegante armadura roja y amarilla que, en principio, era gris y demasiado parecida a un lavarropas. De hecho, Stark –fabricante de armas sin demasiadas culpas, seguro de ser quien “privatizó la paz mundial” y más que probable entrañable amigo “de negocios” de Juan Carlos I— ni siquiera tiene ese problema de la identidad secreta. Todos saben que él es Iron Man y que Iron Man es él desde su despegue en 1963 y no parece haber demasiados problemas con eso. Stark es un feliz y gracioso millonario con padres muertos en un accidente de aviación nunca del todo aclarado (pero sin nada de la melancolía dark del huérfano Bruce Wayne quien, a diferencia de Stark juega a ser playboy para disimular y no por convicción y estilo), lleva una relación bastante estable y lo justo de histérica con su novia Pepper Pots y, de acuerdo, están sus dolencias cardíacas; pero nadie ni nada es perfecto. Stan Lee –patrón de la Marvel— pensó en Stark y en Iron Man cuando se le ocurrió la idea de un justiciero, libremente inspirado en la mítica figura de Howard Hughes con más de una pizca de Hugh Heffner. Un hombre de negocios con la $ y no la S en el pecho: “la quintaescencia del capitalista”, dijo. Lee –tipo perverso si lo hay—apostó a crear a alguien que, de entrada, no gozase de la simpatía del típico lector nerd y contracultural de la Marvel sino todo lo contrario. Y el desafío pasaría por conseguir, al poco tiempo, lo adorasen” Y la cosa le salió bien. Iron Man pronto fue el personaje que recibía más correo de fans femeninas, y –devolución de favores—desde hace décadas que la revista Forbes ubica a Stark en lo más alto de su lista de magnates de ficción y BusinessWeek lo rankea entre los diez personajes de cómics más inteligentes de la historia.

TRES A pesar de todo lo anterior, Iron Man 3 es un tanto más turbulenta que las entregas anteriores. Stark sufre de una especie de stress post-traumático luego de la que armó (y desarmó) con sus colegas Vengadores en New York. Así, duerme mal, vive angustiado. Y están todos esos golpes que recibe (el Iron Man de las películas probablemente sea el súper-héroe más magullado del universo) cada vez que tiene que calzarse las piezas voladoras de su traje. Y, ah, esa escena formidable en que lo vemos arrastrando su maltrecha armadura por la nieve para así ingresar en el centro extraño de la película donde Stark –sin gadgets— se consagra como el verdadero titán de carne y hueso de la cuestión. Después, por supuesto, explosiones y fuegos artificiales y hasta la próxima; aunque los productores se cuidan las espaldas y dejan un final ambiguo y cerradamente abierto en caso de que Downey, con dudas, decida no renovar contrato porque, como Stark, puede permitírselo. Eso y mucho más.

CUATRO Y Rodríguez y su hijito entraron al cine justo cuando los adalides de Rajoy se aprestaban a informar sobre nuevas medidas para ver si algo les sale menos mal. A la salida, ya todo había sido consumado. Y, al ver los resúmenes informativos en los noticieros de la noche, Rodríguez extrañó allí lo mismo que echó en falta en Iron Man 3: esas escenas en las que Stark devela algún nuevo producto o modelo en espectaculares convenciones con coristas y música atronadora. Tal vez los Vengadores de Rajoy deberían tomar nota de ello y presentar lo impresentable con un poco más de gracia y entretenimiento. Porque ver a esos tres ministros ejecutar torpes e incomprensibles piruetas e insistir en léxicos extraños –ayer fue el “recargo temporal de solidaridad” y “gravamen complementario”, hoy los flamantes impuestos que se supone no son tales surgen de un “reordenar las cifras” mediante “novedades tributarias” y se analizan “hipótesis que han dado lugares a unas envolventes muy prudentes”— no alcanza para esconder que algo no funciona. Así, la tasa del paro “flexiona” hasta el 26,7% de la población activa (6.202.700 personas, primer puesto continental, cuarta parte del total europeo); el 57,2% de esa cifra está compuesto de jóvenes; la destrucción del empleo fijo casi iguala a la del temporal; y ya hay 1.900.000 hogares en los que ninguno de sus miembros tiene trabajo. Y los voceros del PP juran que se estaría aún peor de no haber sido por ellos. Y admiten que nada podrán hacer al respecto al menos en esta legislatura; pero si vuelven a votarnos… Después, por supuesto, el deporte y allí, en la pequeña pantalla supuestamente gratuita que nunca será tan grande como la paga, un desaforado aúlla que tanto el Barça como el Real Madrid tendrán remontadas épicas y llegarán, titánicos, a la final de la Champions. Y hasta ahí aguanta Rodríguez, oxidado y desprotegido, sin blindaje que valga o sirva, listo para sumergirse en una oscuridad verdaderamente gratuita de poder permitírsela, porque cada vez le cuesta más cerrar los ojos: la oscuridad de los sueños que, si hay suerte, serán dulces. Allí, al otro lado de los párpados, Rodríguez tiene una casa sobre el mar, en Malibú, y nada le preocupa menos que se la derriben a golpe de misil: está bien asegurada, ya ha pagado toda la hipoteca, tiene otras, y está muy bien acorazado.

HALice 9000

MUNRO

Para sus cada vez más numerosos seguidores la canadiense y Duquesa de Ontario en el Reino de Redonda Alice Munro (Wingham, 1931) es como Billy Wilder o Bruce Springsteen. Nada de lo que haga estará mal y todo lo que hizo (aún en horas bajas o momentos irregulares) siempre será, como mínimo, algo rozado por la genialidad. Pero, se sabe, ningún genio es genial todo el tiempo. Lo que no ha impedido –como ya ocurrió en inglés– que la catorceava colección de sus cuentos, Mi vida querida (Lumen), sea recibida con fuegos artificiales, aleluyas sinfónicos y corales, el infaltable “Chejov con faldas”, histeria cuasi religiosa, etc. Incluso Jonathan Franzen se permitió años atrás –en un ensayo incluido ahora en su Más afuera (Salamandra)—exagerar a su favor la condición “de culto” de la gran maestra para así, con su característica humildad (Franzen es el Cristiano Ronaldo de las letras Made in USA; el espectro de David Foster Wallace vendría a ser Lionel Messi), casi atribuirse su descubrimiento más allá que, de un tiempo largo a esta parte, Munro aparezca, octubre tras octubre, en las quinielas del Nobel.

¿Y festejo merecido? Sí. ¿Un tanto exagerado? También.

Porque Mi vida querida no es Las lunas de Júpiter o Amistad de juventud o Secretos a voces u Odio, amistad, noviazgo, amor; matrimonio del mismo modo que Buddy Buddy no es Sunset Boulevard y Human Touch no es Born to Run. Y digámoslo también: el mejor relato jamás escrito por Munro no sólo no alcanza las alturas de “Adiós, hermano mío” o “El marido rural” de John Cheever sino que, además, su corona es disputada. Para muchos, por el irlandés William Trevor (otro dedicado narrador de su patria chica). Para algunos, entre los que me cuento, por Mavis Gallant: otra anciana dama canadiense cuya mega-antología de relatos (también en Lumen, en el 2009) pasó incomprensible e injustamente sin pena ni gloria entre nosotros. ¿Y alguien allí se detuvo en Deborah Eisenberg o en Lydia Davis o en Amy Hempel, traducidas en los últimos tiempos y poco y nada comentadas, porque para eso está Munro? Así, Munro como la lección con la que casi todos eligen rendir asignatura: hay muchos apuntes dando vueltas por ahí y casi todos dicen más o menos lo mismo y los alumnos felices de repetir lo mismo con cada título y los profesores agradecidos, claro.

Pero las loas reflejas y automáticas (que la han ascendido, cortesía escritores en nuestro idioma, al mismo sitial que alguna vez ocuparon Charles Bukowski o Raymond Carver como virus de alto contagio) resultan en árboles que no dejan ver el bosque de algo mucho más interesante y poco común: el raro e infrecuente paisaje de una escritura y escritora rehaciéndose mientras se deshace. Me explico: Munro, octogenaria, ya había avisado de su retiro en el 2006 con la publicación de esa magnífica y fragmentaria autobiografía inventada que fue La vista desde Castle Rock. Entonces –lo afirmó en entrevistas—se cerraba el círculo regresando a las historias de sus antepasados entretejiéndolas con la propia historia. Y adiós a todo eso. Pero no. Munro siguió escribiendo y así llegaron en el 2009 Demasiada felicidad y ahora Mi vida querida, ambos con títulos que parecen retratar tanto a alguien que dice gracias como a quien se aferra con uñas y dientes al borde de un precipicio. Y parece que esta vez va en serio. Según sus palabras a The New Yorker –su alma mater—Munro, menos histriónica que Philip Roth a la hora de la retirada, dice que hasta aquí llegó: “Ahora es verdad. Ya tengo ochenta y un años. Se me olvidan con cada vez más frecuencia nombres y palabras, así que…”. Y no cuesta nada creerle. Porque en Demasiada felicidad y Mi vida querida –el síntoma y la fuga ya comenzaban a detectarse e insinuarse en Escapada (2004)– algo ha cambiado para siempre. Algo que ya no podrá volver a cambiar porque no queda demasiado. Ya no parece haber espacio o tiempo para esas historias de prosa serpenteante que parecían abrirse ante nosotros, con modales de origami, como novelas comprimidas, abarcando años. Ahora es un mismo tono, un mismo lenguaje, las palabras justas. Ahora son apenas escenas, momentos, sensaciones que se revelan como polaroids lentas y breves. Despedidas, sí. Lo único abrupto son ciertas acciones, más incoherentes que inesperadas, marcadas como por el ritmo de eficientes corazones artificiales. Algunos personajes hacen cosas raras sin explicación ni motivo. Algunos desenlaces suceden páginas antes de acabar y lo que sigue es como una suerte de coda en susurros. Y si en Demasiada felicidad destacaba esa inesperada rareza –el cuento que daba nombre al libro; en el que la Munro revisitaba la historia verdadera de la matemática y novelista rusa de finales del XIX Sofía Kovalevski—en Mi vida querida todo parece especialmente diseñado y ubicado para no molestar; para provocar en el fiel lector esa ambigua sensación de déjà vu que lo hace sentirse feliz experto y especialista e iniciado en el misterio. La otra cara de este efecto es que aquí –en relatos medulares desde señas como “Orgullo” o “Tren” o “Amundsen” o “Voces” o “Corrie” o “Dorrie” o “Noche” o “El ojo”—Munro ya no tiene nada nuevo ni nada más que contar pero, paradoja de paradojas, termina contándonos, magistralmente, exactamente eso. Y lo hace en cuatro textos de cierre donde, se nos ofrecen “las primeras y las últimas –y las más íntimas—cosas que tengo que decir sobre mi propia vida”. Y, allí, también nos advierte de que “no son cuentos exactamente”. Son y es, a su manera, una nueva Munro. Es la última Munro. Es la Munro que ya no es la que fue pero que nos recuerda cómo era. Una Munro que –como aquella sentimental súper computadora HAL 9000 de 2001: Una odisea espacial— lo siente todo y siente tanto el disolverse de su memoria. Una Munro recordando frente a nosotros –astronautas impiadosos e insensibles pero admirados– mientras la oímos cantar una inolvidable y vieja y querida y definitiva canción. 

Homo Risa

UNO De un tiempo a esta parte, Rodríguez no para de reírse. Con fuerza y con ganas. Mostrando los dientes y con lágrimas en los ojos. Porque ahí están, siempre cerca, todos esos seres que –como stand-up comedians trasnochados en clubs de carreteras terciarias—parecen empeñados en monólogos tristes e inocurrentes pero que ellos consideran cumbres de la gracia y del ingenio. Así, dan risa; pero por todas las razones incorrectas. Y Rodríguez se ríe mucho cuando una mujer equipara los escraches a políticos por los desahucios con “nazismo puro” (para, de inmediato, ganarse la condena de víctimas de campos de concentración en todo el mundo). Enseguida, la misma mujer dirá que los suyos prefieren pasar hambre a no pagar sus hipotecas. Rodríguez se ríe también cuando un hombre teoriza que los endeudados reclaman ahora la dación en pago de pisos a cuyas letras ya no pueden hacer frente porque lo que en realidad quieren es comprarse otro piso. Y Rodríguez se ríe de otro hombre –el mismo que había recomendado consumir yogurts más allá de su fecha de vencimiento como forma de ahorro— que ahora propone ducharse con agua fría porque se pierden muchos litros esperando que salga caliente (y ahí mismo alguien le recomendará que esos litros que se fugan por el desagüe bien pueden ser contenidos por un recipiente y utilizados para regar plantas o cocinar o beber o para la pecera de Nemo). De inmediato, otra mujer –la misma que meses atrás se había referido al asunto en plan sed de aventuras o algo así– rebautizará la ida y huida de jóvenes al extranjero en busca de trabajo como “movilidad exterior”, que suena más corporativo. Y Rodríguez se ríe. De que estos hombres y mujeres sean figuras claves del gobierno que, se supone, está aquí porque ha sido el votado para poner fin a este mal chiste y broma infinita de la crisis.

DOS Y Rodríguez sigue riendo. Todo le parece y se le aparece como ácidos sketches de Saturday Night Live: la tonadillera Isabel Pantoja asaltada por las masas a la salida de un tribunal, lo que escribió Justin Bieber en el libro de visitas de la casa-museo de Anne Frank, el que se descubra que Undargarin no podrá “huir” a Qatar por carecer de título de entrenador, la boratiana tía de uno de los chechenos de Boston asegurando que sus sobrinos son chivos expiatorios, Rubalcaba y su última gran propuesta: suprimir los billetes de 500 euros para incomodar a los estafadores que, parece, no gustan de billetes pequeños… Todo no es tan gracioso, pero provoca tanta risa. Y Rodríguez se pregunta si tendrá que ver con el cambio de hora estival (¿cómo es posible que el Vaticano –que condena pequeñeces como la investigación con células madre– no brame ante algo mucho más cósmico y sacrílego como el ponerse a manipular la textura y medida del tiempo?); pero ya van unas cuantas semanas de eso. Y Rodríguez se venía riendo desde bastante antes, desde hace ya varios ajustes de reloj para ganar luz y perder oscuridad. ¿O era al revés? Ahora Rodríguez –papal y vaticano—se ríe de tonterías como de lo difícil que se lo está poniendo Francisco a su inevitable sucesor, obligado a respetar todos sus gestos de humildad y a que se le ocurran varios más. De seguir así, dentro de dos o tres pontificados, el Sumo Pontífice tendrá que ser ese mendigo que pide limosna a las puertas de San Pedro, ríe Rodríguez, ahora en el baño, sentado y hojeando las páginas de ese libro eminentemente higiénico y sanitario que es el best-seller El Libro Rojo de Mongolia. Suerte de enciclopedia humorística puesta a punto por los responsables del mensuario de éxito. Mongolia – el Financial Times acaba de dedicarle un artículo con el título “Satirical magazine rides wave of popular anger in Spain”– es la revista que se lee no porque sea preferible reír que llorar sino porque si se llora, siguiendo los lineamientos del ya mencionado ministro, no hacemos otra cosa desperdiciar fluidos vitales para nuestro organismo. Además, ya se sabe, la gente pone un cara muy pero muy graciosa cuando llora.

TRES Mientras que pocas cosas hay más inquietantes que el sonido de la risa. La risa de los otros y –hagan la prueba, grábenla primero y escúchenla después como si viniese de afuera, como si fuera una risa ajena— la propia risa. El Libro Rojo de Mongolia define a risa como “aplauso maxilofacial”. No está mal: risas y aplausos. ¿Pero no será una bofetada algo así como el sonido de aplaudir con una sola mano? Y Rodríguez lee por ahí que de niños reímos entre 300 y 450 veces al día pero, a medida que crecemos, descendemos hasta las menos de 20 veces al día. ¿Por qué? Sencillo: nuestra vida ya no nos causa tanta gracia. Y también se entera de que, al reír, activamos unos –¿movilidad exterior o interior?– 430 músculos de nuestro cuerpo. De ahí eso de la oxigenante y liberadora de endorfinas risoterapia como supuesto remedio para todos los males del universo. Y de ahí el envidiable estado físico y resistencia de The Joker y su capacidad de volver una y otra vez sobre el taciturno y conflictuado Batman y sobre sí mismo: riendo primero por desfiguración estética y enseguida por ética figurativa. En cambio, para enojarnos, tan sólo necesitamos mover unos 34 músculos. Conclusión: cansa menos enojarse que divertirse aunque –cláusula secreta, cosa que ya comenzamos a hacer en el útero materno— para sonreír nos basta con apenas invocar a 7 músculos para manifestar nuestra diversión cómplice o nuestro desprecio irreconciliable. Porque la sonrisa, está claro, es un arma de doble filo, una moneda de dos caras, algo que tanto Platón como Aristóteles aseguraron tenía un lado oscuro y tonto. Y, para comprobar que los antiguos griegos no bromeaban al respecto, basta con contemplar la siempre incómoda e irritante sonrisita llena de dientecitos de Mariano Rajoy. Y, claro, muchas veces, demasiadas, sonreímos porque no se nos ocurre ninguna otra cosa que hacer mientras nos preguntamos cuántos músculos necesitamos para arrojar a alguien por la ventana.

CUATRO Y están los que teorizan que la risa empezó como forma de comunicación, como hito evolutivo, como reflejo contra el estrés, como descendiente directa del primitivo grito de guerra, como signo de bienestar o de enfermedad grave, como perturbador efecto especial/ambiental en discos de Pink Floyd, como lo que busca una mujer que le provoque un hombre (pero que no haga demasiado él), como mecanismo de defensa, como freudiano afecto catártico, como tentadora herramienta del Diablo y (recordar El nombre de la rosa) como divino problema de Dios, como punto de fuga y hasta como aquello que se hace cuando ya no se puede doblegar a un pensamiento serio o idea que no nos favorece o conviene. De todas las posibilidades e hipótesis, Rodríguez se queda con la definición propuesta por un profesional del asunto: el escritor norteamericano Kurt Vonnegut, quien aseguró que “reír y el llorar es aquello que hace el ser humano cuando ya no queda nada por hacer”. Lo que, piensa Rodríguez, bien podría entenderse como “el que ríe último, ríe mejor; pero no demora en ponerse a llorar”. Y ahora, frente al espejo –no voy a decir cuántos– Rodríguez saca músculos.

Homo Mad

 ILUSTRACION_FRESAN_HOMO_MAD

UNO Como todas las noches, una vez que consigue cerrar los ojos (ya casi no piensa en Los Croods y en que el pobre padre Grug era, en realidad, el artista de la familia obligado a dejar la pintura rupestre porque lo que se impone son las ideas, los productos, lo que se necesita creer como indispensable), Rodríguez vuelve a ese sitio lejano del que uno nunca se aleja: el maravilloso mundo de los sueños que también es el horripilante planeta de las pesadillas. Todo depende de que lado cae la moneda. Ahora mismo, por ejemplo, el que cae es Rodríguez protagonizando uno de los clásicos de lo onírico: la precipitación desde el piso más alto de un edificio altísimo, tan alto como precipicio de coyote marca ACME. Dentro del sueño, Rodríguez accede a uno de esos momentos soñadores en que a la víctima del asunto se le permite una mirada externa: verse desde afuera; como si su sueño en picada no fuese otra cosa que los títulos de apertura de una serie de televisión que todos miran y escuchan para tener algo de que hablar a la mañana siguiente. Algo que no sea su propia caída, en cámara lenta cada vez más rápida.

DOS Pero todavía falta un poco para eso. O mucho. Porque el tiempo en el canal de los sueños –donde el zapping es estilo y estética– transcurre de otro modo. Así, una caída dura años en cuestión de segundos y permite análisis detallado, como si se tratase del briefing de campaña para vender los placeres no del último salto pero sí del principio de dejarse caer. Así, Rodríguez descubre que el edificio del que salta y cae no es uno de esos rascacielos de uñas largas y pintadas de rojo de Madison Avenue sino una de esas madrileñas y torcidas torres alguna vez muy famosas –por aquellos años en que la burbujeante España iba bien luego de vender su alma por un puñado de euros– como representación inmobiliaria/arquitectónica de la marca de Satán en el film El día de la bestia y ahora, en cambio, célebre por albergar en sus tripas a una entidad financiera de nombre Bankia que se fue al demonio y, con ella, buena parte de quienes le confiaron sus ahorros y ahora arden. De furia. De fiebre. De dolor.

TRES Y no hace falta ser Sigmund Jung para interpretar de qué se trata y de qué trata la materia del sueño de Rodríguez. Horas atrás, Rodríguez se sentó a ver el primer y doble capítulo de la sexta temporada de Mad Men. Apenas 24 horas después –en versión original y subtitulada— de su emisión en la HBO de Estados Unidos, repetían una y otra vez los responsables de Canal +; como si semejante gesto situara aún a España en un primer mundo del que fue expulsada para purgar sus pecados. Y, antes de que empezara el retorno de Don Draper y los suyos y las suyas, Rodríguez se había enfrentado a la nueva y flamante campaña televisiva para el relanzamiento de la rescatada, recapitalizada, resucitada y walking dead Bankia. Y Rodríguez no podía creer lo que estaba viendo: dos spots de esos que buscan emocionar al espectador. Ya saben: música clásica pero moderna, ciudadanos anónimos como estáticos y extáticos por la Segunda Venida después de un injusto Juicio Final, y una de esas voces cálidas pero firmes llamando a un ahora sí, entre todos, todos juntos. Vamos a “dar cuerda” y “empecemos por los principios” y “ponernos en marcha” y olvidemos el pasado que ya pasó y tomémonos de la mano, que aquí no ha pasado porque nada queda. Salvo Rodríguez (¿dije alguna vez que Rodríguez es publicista y que sus jefes son argentinos?… ¿no?… Ah, más detalles cualquier día de estos) con ganas de saltar por la ventana y caer encima de alguien. Pero mejor no. Y es que ahí abajo, en el fondo, hay demasiada gente estafada por las preferentes, desahuciada, recortada, de salida y consciente de que ya nunca podrá volver a entrar. Y lo único que les falta es que, caídos, encima les caiga alguien.

TRES El periódico satírico y on-line El Mundo Today tituló “Bankia invierte tu dinero en un anuncio para convencerte de que invierte bien tu dinero”. Después, un Don Draper más parco que nunca en capítulo titulado “The Doorway”. Draper de vacaciones/trabajo en el didionesco Royal Hawaiian Hotel, con Megan, leyendo el Infierno de Dante junto a la piscina. Y ya se sabe que a Draper –recordar aquella fuga a Los Angeles— no le sienta bien salir alejarse demasiado de las oficinas de Sterling Cooper Draper Pryce (RIP). Cuando Draper viaja se pone raro. Así, de pronto, Draper experimentando epifanía espiritual y crisis existencial luego de conversación con soldado rumbo a Vietnam y a cortar orejas de charlies. Algo que a Draper le cuesta definir y traducir a slogan. De regreso en esa Manhattan que parece parque temático cósmico regentado a millones de años luz por aliens/replicantes obsesionados con el look Mad Men, Draper como una especie de zombie por los pasillos de su agencia. Y –¿Don perdió su don?– proponiendo aviso de prensa turístico y paradisíaco como una apenas subliminal invitación al suicidio entre olas azules. Más tarde, Draper posa frente a un fotógrafo que le pide “Sólo quiero que sea usted mismo”. Y Draper descubre que, sin darse cuenta, ha intercambiado en Hawaii su Zippo con el del soldado (como alguna vez, muy consciente de hacerlo, cambió chapas identificatorias con otro soldado). El encendedor lleva grabado una leyenda que puede traducirse como “En la vida a menudo hacemos cosas que no son las que nos gustan”. O “que no nos corresponden”. Después, Draper se emborracha y vomita en el funeral de la madre del gran Roger Sterling, el más humano y menos extraterrestre de todos, el que se merece show propio –¿Mad Man?—cuando todo esto llegue a su fin y todo se desvanezca como lágrimas en la lluvia. El final nos muestra a Draper una vez más siendo infiel para intentar, en vano, ser fiel a sí mismo, mientras suspira un “Quiero dejar de hacer esto”. “Yo también”, piensa el fiel Rodríguez mientras se anuncia que a la noche siguiente empieza la tercera temporada de Juego de tronos. Otra manera de dar hachazos y clavar puñales y dejar tirada a la gente por el camino mientras, en el horizonte, se alzan esas torres torcidas y el invierno siempre se acerca, aunque ya sea primavera.

CUATRO Y esto no lo piensa Rodríguez pero lo pienso yo y obligo a Rodríguez a pensarlo: la idea de que los guiones de Mad Men van adoptando –con astucia y truco, a medida que pasan los años– la cambiante textura de los relatos de los grandes escritores de New York o de The New Yorker. Así, todo arrancó en los 50s con mucho de John Cheever (con un toque místico del primer J. D. Salinger); siguió con la liberación doméstica en los 60s de John Updike; y ahora mismo se adentra en los años 70s con la fragmentación de Donald Barthelme y los finales abiertos de Ann Beattie. Matthew Weinner –creador de Mad Men—ya advirtió que en algún momento de la próxima y última temporada, Don Draper dará un salto en el tiempo como astronauta de Kubrick (por lo que nos perderemos los 80s del realismo sucio de Raymond Carver y la marchosa nariz empolvada de McInerney & Ellis) y aterrizará, casi nonagenario, en nuestro presente todavía finisecular y milenarista. ¿Tendrá entonces Draper el cerebro entrópico-solipsista con notas al pie de David Foster Wallace o será un lírico elegante patrocinado por Viagra à la James Salter? Quién sabe… Una cosa es casi segura: ahí y ahora, Don Draper seguirá cayendo, en el aire, pensando en cómo hacer para que no se sepa que él siempre fue un excelente y exitoso producto perfectamente fallado, escondido detrás de una gran idea, e íntima e inconfesablemente seguro de que –como en lo de Bankia & Co.—el cliente nunca tiene ni tendrá la razón. 

El arte de (des)hacer dinero

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Eugénie Grandet –publicada originalmente en 1883, aquí y ahora en Mondadori—es la novela que lee Antoine Roquetin en La náusea de Jean Paul Sartre. Eugénie Grandet es también la novela que Donald Barthelme desarma para rearmar en uno de sus relatos más reconocidos y titulado, claro, “Eugénie Grandet”. Y cabe preguntarse qué es lo que tiene este título de Honoré de Balzac (1799-1850) para llamar la atención tanto del existencialista supremo como del posmodernista absoluto. Una primera respuesta es aquella de Italo Calvino: los clásicos son clásicos porque no se acaban nunca y sus relecturas son infinitas. Pero hay algo que convierte a la vasta obra de este francés en algo diferente al resto de las valiosísimas piezas en exhibición en el Gran Museo de la Novela Decimonónica (recordar aquella cita de Oscar Wilde en cuanto a que “el siglo XIX tal como lo conocemos es, básicamente, una invención de Balzac”) y que la convierten en algo más fácil de proyectar sobre nuestro tercer milenio. Digámoslo sin mayor demora: lo que convierte a Eugénie Grandet –y a tantos otros episodios de la trágica e inhumana Comedia Humana diseñada por Balzac—es que de lo que allí se habla, y de lo que seguimos y seguiremos hablando, es del dinero. Porque hay dinero en Dickens y en Dostoievski y en el ya invocado James. Pero Balzac tiene más dinero que todos ellos juntos.

Balzac, se sabe era un hombre muy codicioso y esa desmesurada ambición por el noble vil metal (Henry James llegó a decir que “el verdadero protagonista en cualquier título de Balzac no es otro que la moneda de veinte francos”) es lo que siempre mueve y conmueve a sus criaturas. Sin importar los pormenores de la trama, el telón de fondo es siempre el mismo: el arte de hacer dinero sin importar deshacerse o deshacer a otros por el camino. En este sentido –con sus seres amorales en ascenso o en caída, con sus víctimas desamparadas en altas y bajas—Balzac sea posiblemente el escritor europeo más indicado hoy por hoy no para entender los por qués pero si para apreciar los cómos de nuestra presente crisis económica.

Así, el Viejo Mundo ya era viejo entonces. Y en la temprana escena de la vida provinciana que es Eugénie Grandet –considerada por la crítica de la época como lo mejor de Balzac y entre los especialistas de ahora como lo más “clásico” suyo y todavía no “contaminado” del todo por la magna empresa que se había impuesto su autor, atando cabos y uniéndolo todo con una prosa más recargada—se aprecian motivos que no envejecen. La farsa ácida descendiendo directamente del avaro de Moliére, un padre acaudalado y miserable que ha convencido a su familia de que son pobres , una joven –su hija, Eugénie—entendida como excelente presa para los mejores hijos burgueses locales, y un parisino primo empobrecido y vividor, Guillaume, que llega a Saumur para complicarlo todo. Enseguida, el amor está en el aire, pero el dinero sigue a buen recaudo. Después, enseguida, entran en escena balzacianos deudores y acreedores, herederos y desheredados para bailar el más frenético de los minués. Y alguien morirá contemplando todo el dinero que posee. Y alguien se casa y enviuda. Y se cruzan cartas fatales. Y Eugénie termina más rica de lo que nunca fue entregada a obras de caridad y, tal vez, futura esposa de un marqués.

Para su segunda edición, Balzac revisó la prosa medular y casi en los huesos de Eugénie Grandet para hacerla “calzar” en ese edificio mitad catedral y mitad conventillo que es La comedia humana. Pero todo ya estaba en el principio: una historia que se divierte con los recovecos del destino y cuya heroína –lejos de la potencia trágica de una Catherine Earnshaw o de una Tess de los D’Urberville—parece pasearse por los senderos de estas páginas con la secreta e inconfesable satisfacción de saberse tan deseada.

Pero a no confundirse y de nuevo lo del principio: el luminoso objeto del deseo en Balzac es metálico o de papel.

Y, a diferencia de las ilusiones, perdidas, siempre puede recuperarse.

Y con él se puede conseguir todo, aunque todo nunca sea del todo suficiente. 

Homo Sapiens

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UNO En la infancia, el tiempo se alarga y ensancha. Relatividad, milagro. Prueba de ello es que la Semana Santa dura mucho más para los niños que para los adultos. Así que el Infante ya cenó, ya fue imputado y crucificado, ya resucitó, y ya se fue para –todo parece indicarlo—no volver. Pero para el pequeño hijo de Rodríguez el feriado continúa. Y, ya que estamos en la revisitación de épocas perdidos en las que uno nunca sabe ni sabrá del todo bien qué sucedió, la idea es que parte de este último domingo pase por ir a ver Los Croods. La saga de una familia en problemas, amenazada, perseguida, que se queda sin casa y no sabe muy bien dónde ir ni qué comer por el camino. Por las dudas: no parecen ser españoles y transcurre en la prehistoria. Pero nunca se sabe: porque el pasado se parece cada vez más al presente. Y el luminoso futuro que anuncian los oráculos nunca llega, siempre queda más adelante. Irrelatividad, truco.

DOS Así que padre e hijo salen rumbo al cine. Y –habiendo consumido cantidades casi alucinógenas de azúcar gomosa a la espera de que se haga la oscuridad y empiece la luz de la película– Rodríguez otra vez vuelve a preguntarse qué viene primero, qué pasó después: ¿los neanderthales o los cromagnones? No importa mucho; porque el clan Crood es dibujo animado computarizado –tecnología de punta de la DreamWorks al servicio de primitivas puntas de lanzas y flechas— son modelo único y universal. Le quedan bien a todos. Algo así como la puesta al día de Los Picapiedras pero con muchos menos recursos, sin trabajo y aterrorizados. El jefe de familia se llama Grug y viene con la voz de Nicolas Cage, ese actor alguna vez de renombre que se volvió loco (a Rodríguez le encanta el modo en que Andy Samberg lo parodia en Saturday Night Live) y empezó a protagonizar, a los gritos y susurros, films cada vez más absurdos. Liam Neeson –reciente contagiado– va tras sus pasos. Tom Cruise ya va a en camino. Y, si se descuida, también Tom Hanks. Y Grug tiene una inquieta y volátil hija adolescente que responde al nombre de Eep. Chica de la que el hijo de Rodríguez se enamora en el acto. Va a soñar con ella esa misma noche; los pixels de Eep son para su generación lo que las carnes y huesos y trajecitos de pieles de Raquel “Loana” Welch y Barbara “Lana” Bach fueron para otros chicos en los albores siempre cavernícolas y bunga-bunga de su sexualidad. Y Eep calza la voz ronca y laurenbacalliana de Emma Stone, quien se está quedando con todos los papeles diseñados para la descarrilada Lindsay Lohan y aparece en la última Spider-Man leyendo Matadero 5 de Kurt Vonnegut, bien por ella. El resto de la familia no es demasiado importante salvo la abuela/suegra Gran (Cloris Leachman), anciana muy longeva de cuarenta y cinco años A. C. que no cubre aquí el rol de la sabiduría ancestral sino que parece entrar y salir a voluntad de la cueva oscura no de Altamira sino de Alzheimer. Es, sí, el personaje más gracioso. Y está Kid (Ryan Reynolds) que simboliza la inteligencia y la audacia de lo que vendrá, etc. Y Kid viste mejor ropa, casi de diseño, y le fabrica a Eep sus primeros zapatos en lo que tal vez sea el mejor gag de la función. Y ese es el quid de Kid y la cuestión: el padre Grug es un ya anticuado neanderthalensis conservador y atemorizado por todo al que no se le ocurre ninguna idea; mientras el casi inmediato novio sapiens Kid es el porvenir rebosante de posibilidades quien no para de pensar y de pensar. Y adivinen con quién quiere irse Eep. Y es entonces cuando Rodríguez descubre que está a punto de ponerse a llorar. Como ya lloró no a mares sino a océanos al final de Toy Story 3. Y en el centro de El origen de los guardianes. Y al principio de Up. Y Rodríguez se pregunta si esa es la idea, el plan: dibujantes y computadoras en bunkers clasificados confabulándose no para hacer reír a los niños sino –clave secreta del éxito– para hacer llorar a los padres. Y, sensibilizados, dejarlos bien a punto para que, a la salida, se gasten el sueldo en merchandising sin ofrecer resistencia. En cualquier caso –para la próxima, no piensa correr riesgos: Iron Man 3. Pero, ahora, Rodríguez llora un llanto que suena muy pero muy parecido a un yabba-dabba-doo.

TRES Porque –aunque esté muy lejos de esas obras maestras que son la trilogía Toy Story o la hasta ahora insuperable Monsters, Inc. y a ver qué tal la prequelLos Croods se las arregla para tratar ligeramente un tema muy profundo: el cambio de guardia, el fin de la niñez y, por lo tanto, el adiós no a la paternidad pero sí a la modalidad de papi más intensa y refleja y primitivamente intensa. Y, cerca del final, hay un momento tremendo y definitivo: luego de despedirse (Rodríguez llora seguro de que los otros padres están haciendo, ahí cerca, más o menos lo mismo) y de haber salvado a los suyos arrojándolos, gracias a su fuerza bruta, al otro lado de un abismo insalvable, Grug se sacrifica. Y se queda solo, en una cueva oscura, pintando en sus paredes, a la débil luz de una antorcha, los trazos simples pero tan sentidos de su familia, dentro de un círculo, con él mirándolos desde afuera y ya listo para dormir allí una siesta de millones de años hasta que lo descubran y lo desentierren y lo expongan en un museo. Entonces Rodríguez deja caer su cabeza entre sus manos. De haber terminado ahí Los Croods, los espectadores habrían salido del cine bastante desconcertados, de acuerdo, pero sería una desoladora obra maestra. Por supuesto, quedan unos diez minutos en los que todo se arregla y se endereza y Grug tiene una idea complejísima ganándose el asombrado respeto de Kid y la admiración de Eep, y todos corren felices por una playa paradisíaca. Y no: ni rastros del monolito de 2001: una odisea espacial.

CUATRO Rodríguez y su hijo regresan a casa descendiendo a las profundidades de la tierra y a través de túneles subterráneos: en metro. Bajan a toda velocidad por las escaleras y alcanzan el andén justo cuando está por arrancar el tren. Y, tomados de la mano, corren y saltan, juntos, como si saltasen una grieta tan ancha y honda como períodos geológicos e históricos. Y entran al vagón mientras a sus espaldas se cierran las puertas con el chasquido sin retorno de mandíbulas de dinosaurio. Y el tren ruge y acelera. Y Rodríguez y su hijo, sin aliento pero triunfales, se ríen. Y Rodríguez –a quien le duelen todos los huesos y los pulmones y se pregunta si ésta no habrá sido la última vez en que su cuerpo de casi medio siglo le permite protagonizar semejante hazaña– no suelta la mano de su hijo. Va a tenerla bien agarrada, fuerte, lo más que pueda. Todo lo que su hijo se lo permita, hasta que empiece a sentir vergüenza o incomodidad. Ojalá que falte mucho, desea Rodríguez. Toda una era por venir, de ser posible, por favor. Millones y millones de luminosos años luz. Y recordarlos siempre así, como ahora: riéndose los dos. Y que así los recuerden a ellos. Desde el más lejano de los mañanas. Cuando también ellos sean prehistóricos para alguien; pero recién mucho después de, como ahora, haber sido tan inmortales para sí mismos.

La forma del deseo

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¿Qué decir a esta altura del formidable John Irving (nacido, por cuestiones casi folletinescas, como John Wallace Blunt, en 1942, New Hampshire) que no se haya dicho aún? Para sus fans, sus virtudes están más que claras: Irving ha sido y sigue siendo el mejor alumno de Charles Dickens a la hora de adoptar y adaptar los preceptos y mecánicas del maestro inglés a nuestros tiempos más o menos difíciles: emoción, largo aliento, risas y tramas enrevesadas y sombrías que siempre acaban –lo que no significa un final necesariamente feliz– en un estallido de luz redentora. Para sus detractores, sus defectos son más que evidentes y, lo que más les irrita es que Irving insista, una y otra vez, en ellos como parte inseparable de su estilo: violencia escatológica, “malas” palabras, sexo explícito y a menudo algo bizarro, una tendencia al grotesco público, a la catástrofe íntima, y a la consagración del freak como héroe que nunca pierde del todo sus grandes esperanzas.

Tal, vez, tratándose Personas como yo –opus número 13, en Tusquets y Edicions 62— de uno de sus novelas más psicologistas, podríamos aventurar que, en perspectiva, ya hay tres diferentes “edades” en la obra de Irving.

En la primera y formativa –abarcando desde 1968 hasta 1978 y compuesta por Libertad para los osos, El epopeya del bebedor de agua, Doble pareja y la consagratoria El mundo según Garp—Irving se nos presenta como el aventajado aprendiz en el camino cuya meta es alumbrar uno de los más grandes personajes de la literatura norteamericana del siglo XX: el tragicómico escritor T. S. Garp. La segunda y de transición reúne a varios de los mejores títulos de Irving, va de 1981 a 1994 y puede entenderse como los libros que Garp parece dictarle a Irving desde el otro lado: El hotel New Hampshire (que ya aparece anunciada en Garp como Las ilusiones de mi padre), Las normas de la casa de la sidra, Oración por Owen y Un hijo del circo. El Irving tardío –período en el que ahora vivimos y leemos—se inicia en 1998 con Una mujer difícil y, quitando esa rareza –más película que novela– de La cuarta mano, se continúa con Hasta que te encuentre, La última noche en Twisted River y la presente Personas como yo.

¿Y qué es lo que hace aquí Irving? Algo lógico pero no por eso sencillo: luego de haber escrito a Garp y de haber escrito lo de Garp, ahora Irving se escribe y se reescribe a sí mismo, a lo Garp, en variaciones que siempre parten del aria de lo que podría haber sido en su propia vida. Así, todas y cada una de sus últimas novelas son autobiografías alternativas. Y habiendo ya explorado un Irving hembra y escritora con padre inescapable y madre perdida (Una mujer…), un Irving actor a la búsqueda de su padre ausente (Hasta que te encuentre) y un Irving escritor en fuga junto a su padre omnipresente (Última noche…), ahora, en Personas…, le llega el turno al Irving bisexual, con padre que se fue y madre sufrida y oscilando entre la interpretación de dos sexos.

Conozcan entonces a William “Billy” Dean Abbott quien, de entrada, nos asegura que “nos forma aquello que deseamos” casi como eco de aquel gran precepto de Kurt Vonnegut: “Ten cuidado con lo que pretendes ser porque eso es lo que eres”. Y sigan el tránsito de Billy desde el crepúsculo de la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días. Y, junto a él, vistas y paisajes ya constantes en el Mondo Irving: la memoria como verdad mentirosa, la familia disfuncional como refugio y punto de fuga, la escuela primaria y secundaria como jungla, el pueblo chico/infierno grande y la peregrinación a las entre paradisíacas y pecadoras grandes ciudades, la hermana de sangre, el rival eterno, la palabra pene como casi mantra, Charles Dickens como detonante, la representación teatral como tempestuosa sublimación y catarsis, la lucha libre como válvula de escape, el oficio de escritor como espejo deformante, y el “sospechoso sexual” (condición que ya es marca del autor) como libre agente para moverse a lo largo y ancho del mundo (incluyendo aquí al madrileño barrio de Chueca) o de épocas. Y es en este último sentido que Personas… juega su mejor y más fuerte baza y gana. Porque la novela viene a componer una trilogía involuntaria pero firme de Irving en lo que hace a un cierto perfume a inspirada diatriba bajo los telones de lo novelesco. Y si Las normas… operaba sobre el tema del aborto como tabú norteamericano y Oración… volvía a disparar sobre la herida nunca cerrada de Vietnam, en Personas… Irving –mientras condena el puritanismo prehistórico de muchas de las fuerzas que rigen su república– propone una suerte de crónica histórica de la evolución homo gay Made in USA. Así, las andanzas de Billy –con abuelo de tendencias transformistas, progenitor del que no se habla y seducido por una bibliotecaria que no es lo que parece— se inician por los días donde todos intentaban que sus armarios fuesen lo más blindados que se pueda (los años 50s), continúan con la salida de esos armarios (los 60s y los 70s), van a dar a uno 80s en la que se descubre que el monstruo no se ocultaba ahí dentro sino que aguardaba fuera con iniciales de enfermedad mortal, y desembocan en un presente agridulce con claroscuros donde más nos vales ser morales que moralistas. La versión irvingiana de todo lo anterior es posible que a más de uno se le antoje un tanto desaforada y fuera de lugar. Protesta aceptada. Allá ellos, problema suyo.

Irving llevó en su cabeza a Personas… en su cabeza antes de sentarse a escribirlo. Y –por encima de paréntesis, signos de exclamación y palabras resaltadas por tipografía itálica– se nota. “Yo no soy Billy. Él surge del imaginarme cómo habría sido yo de haber obedecido a todos mis impulsos de joven adolescente. Muchos de nosotros no les hacemos caso a nuestras más tempranas fantasías sexuales. De hecho, la mayoría de nosotros preferiría olvidarlas. Pero yo no”, aclaró John Irving en un texto de presentación para Personas como yo.

Y con él –y eso es lo que hace a un escritor grande de verdad– recordamos todos.

John Irving estará conversando con Antonio Orejudo este jueves 11 de abril, a las 19:00 horas, en la Biblioteca Jaume Fuster de Barcelona / Pl. de Lesseps, 20-22 / Aforo limitado.

Y más Irving –en sus propias palabras– y su Personas como yo, aquí:

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/subnotas/4994-641-2013-04-08.html

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/subnotas/4994-642-2013-04-08.html