Homo Eléctrico

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UNO Cincuenta años y sumando en el contador de su cuerpo y mente –a la velocidad de la más sombría luz– y a esta altura Rodríguez ya está en condiciones de asegurar que el circuito de su vida se cortará sin que él haya llegado a entender nunca cómo funciona y qué es y de dónde viene y a dónde va la electricidad. Y no es que no haya ni no siga intentándolo. Desde esos libros científicos para niños inquietos (desde el terror primal y la tentación iniciática por los enchufes y cables) hasta ahora mismo (cuando cada vez que algún documental en el Discovery o en el History Channel se detiene en el asunto) él siempre se detiene con ojos y boca abierta frente a las vidas y obras de Mesmer y Frankenstein, de Franklin y su cometa relampagueada, de Edison y Tessla luchando por ver quién la tiene más grande y más poderosa, del Electro al que pronto se enfrentará Spiderman en el cine. Pero no hay caso. Rodríguez tampoco comprende cómo vuelan aviones o suena esa voz en el teléfono pero, claro, algo tiene que ver con la electricidad, seguro. Así, la relación de Rodríguez con la electricidad es similar a la de un creyente con Dios: no la ve pero la cree, sabe que está en todos lados, y que cada vez exige más de uno.

DOS Así, del mismo modo en que Rodríguez mantiene carpetas abiertas (virtuales y de papel) donde se reúnen recortes y archivos referentes a los misterios insondables pero explorables del universo (“Europa anuncia su telescopio cazador de planetas extrasolares” y “El centro de la Vía Láctea vivió un cataclismo hace dos millones de años”, son las dos últimas entradas) o buenas/malas nuevas vaticanas (en los últimos tiempos ha descendido un tanto la podredumbre pederasta o ha sido maquillada por las supuestas transgresiones/travesuras del Papa, ya casi un comic-personaje de Ibañez, para distraer de la ausencia de reformas en serio); ahora nuestro hombre, cada vez más electrocutado, se ha visto obligado a un tercer legajo. Y es el dedicado –falta menos para el abril más cruel, cuando se implementarán las nuevas y muy energéticas medidas— al vano intento de comprender algo ya no de los ancestrales misterios del rayo y la luz divina sino de la nueva factura de la luz. Porque si la que recibía hasta ahora era incomprensible, la que se aproxima ya se anuncia como “un mecanismo extremadamente volátil” y algo que ni ese experto profesor en iconología simbólica religiosa en las novelas de Dan Brown podrá alguna vez desentrañar y decodificar. La saga y el enigma vienen de lejos, desde casi el principio de los tiempos. Hace un par de meses los españoles –abusados usuarios usados– volvieron a saber que pagan la electricidad más cara de Europa; que pagan mucho más de lo que consumen porque se debe mucho a alguien que está al frente de los generadores más degenerados; que todos aquellos que apostaron a la energía solar y renovable como variante sana y económica hicieron un pésimo negocio; y que la electricidad se “subasta” en sesiones bursátiles en las que entran bancos y accionistas que hacen subir y subir el precio. Y que –cuando el gobierno aseguró que la tarifa no aumentaría más allá de un 3% y cuando llegó el no-va-más se anunció que trepaba hasta un 11%– se decidió “tomar cartas en el asunto”, suspender todo. Y, hey, nueva forma de facturación que de imprimirse en papel, será más larga que En busca del tiempo perdido porque se cobrará hora a hora, según cotizaciones variables. Y todo dependerá de que uno se atreva bajar a los góticos sótanos de primitivos e imprecisos contadores para intentar desentrañar que son todos esos números y signos. En cualquier caso, a las empresas españolas como Iberdrola, las innovaciones dialéctico/monetarias no le gustan y amenazan con llevarse de España a alguna filial en el extranjero todo su dinero para inversiones o algo así y dejar a todos a oscuras, a aún más oscuras. Pero a Rodríguez no lo engañan y –paranoico y conspirador– está seguro de que todos actúan y fingen. Y que todo está ya arreglado entre ministros y empresarios para que, siempre, haya que pagar cada vez más por esa luz al final del túnel de la que el iluminado Rajoy no deja de hablar y hablar, pero siempre leyéndolo y leyéndolo, como si necesitara convencerse a sí mismo, en sus papeles y papelones, en los cada vez menos electrizantes debates sobre el estado de la nación. Porque los españoles saben perfectamente cuál es el estado del país en el que viven. No hace falta debatir nada en un lugar en el que cada vez son más los que apagan la luz y cierran la puerta y se van a lugares donde haya menos sombras.

TRES Así, Rodríguez sabe que falta cada vez menos para que le llegue el encandilador recibo en llamas correspondiente a los meses más fríos y oscuros del año en lo que hace a consumo eléctrico. Y que habrá que pagarlo o, si no, pagar las consecuencias. Desenchufarse y volver a la Edad del Fuego. Como tantas familias que se han descolgado de la red para, en la cuerda floja, tender algún cable ilegal hasta ser descubiertos. La otra noche Rodríguez vio en el noticiero cómo una de esas cámaras verité captaba y transmitía el momento en que una ladrona de vatios era sorprendida por un funcionario que la amenazaba con multa multimillonaria. La mujer escuchaba con atención para, después, lanzar una carcajada electrizante y decir algo así como “Que me multen. No tengo ni un euro para pagar. ¿Qué es lo peor que puede pasarme? ¿Ir presa? Perfecto: electricidad y agua y gas y alquiler y comida gratis”.

CUATRO El resto –los que todavía pueden seguir cantándole pero bajito al “body electric”—andan por ahí. Yendo a ver la tan perturbadora como masturbadora Her de Spike Jonze y a oír la voz sensual e informatizada de Scarlett Johansson practicando encendido amor oral hasta acabar y acabarse con un Joaquim Phoenix muy parecido a Kurt Vonnegut. O extasiarse ante la foto ganadora del último World Press Photo (esos telefonitos en alto buscando cobertura y simbolizando no sé qué de la inmigración) dándose una vueltita por esa meca de la mecánica que es la  Mobile World Congress: ese sitio/santuario anual –en una Barcelona que se rinde a sus pies y a sus orejas con auricular– al que se acude para tener orgasmos digitales y donde se aplaude a Mark Zuckerberg como alguna vez se alabó a profetas de intenciones más bien difusas, como en un capítulo especial y en vivo y en directo de la serie inglesa Black Box.Y después, a la salida, fumarse los cigarrillos electrónicos del después que todavía no se sabe si son buenos o malos o pésimos para la salud mientras  se escuchan cosas en boca de funcionarios del tipo “Se quejan tanto de lo que hay que pagar por la electricidad pero bien que gastan y gastan felices en recargas telefónicas”. Alguna vez, piensa Rodríguez, uno de los signos de haber triunfado era el no estar para nadie, que no te pasasen llamadas, que te las atendiera y anotara un esclavo. Ahora –como la chica en esa perturbadora propaganda de Vodafone— ser alguien en la vida es salir desnuda a la calle y con el cuerpo pintado de ropa porque ya no necesitas bolsillos, porque todo lo que necesitas y mucho de lo que no necesitas entra y cabe en tu nuevo Vodafone Wallet. Teléfono inteligente para gente cada vez menos lista que –piensa Rodríguez– ya no piensa en el frío o en la lluvia o en algún violador que pueda andar suelto por ahí. El slogan es “No llevas nada pero lo llevas todo” y, por una vez, no miente. Nada en la cabeza, todo fuera de ella. Y expuesta a la furia de los elementos y de los elementales.

  En algún momento todo esto tiene que alcanzar un límite, un final, tiembla Rodríguez. Tanta electricidad estática soplando en el viento deberá resultar en un retorno a las fuentes líquidas más que a las centrales eléctricas, se dice Rodríguez. El problema, claro, es si sabremos cómo volver a golpear dos piedras para que den fuego, para que den algo de juego, cuando todos estos juguetitos ya no funcionen más. O se hayan roto para siempre. O nos resulten casi tan incomprensibles y tan temibles como las facturas de la electricidad o como esa caliente Guerra Fría que ha vuelto a encenderse y que –deshágase la luz– nos puede costar muy cara.

  A todos.

Homo Perdido

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UNO Rodríguez busca algo, no sabe qué; pero está seguro de que algo se le ha perdido. Así es la vida: medio desnudos, en el centro de la noche, de pie frente al refrigerador, preguntándonos cómo llegamos allí y para qué. Pero en realidad la vida es así a todas horas. Incluso dormidos, cuando nos damos a la caza de algo que se nos traspapeló enredados en las sábanas de los sueños. Vivimos perdimos y, sin duda pero dudando, otra de las cosas que distinguen al hombre del resto de los animales es esa sensación tan sofisticada, todo el tiempo, de haber perdido un algo de todo sin saber muy bien qué. Y de salir en su búsqueda.

DOS Así, enseguida, Rodríguez se sienta frente a su pantalla doméstica con unas ganas imposibles de disimular el perder tantas cosas. Pero uno no puede perder por elección, el acto de perder no se encuentra sino que nos encuentra. Y –paradoja—el querer perder algo con mucha fuerza y pasión no significa otra cosa que encontrarlo todo el tiempo en el recuerdo. Así que, resignado, Rodríguez hace listas. Siempre las hizo, es una de sus características, le gusta creer que aquellos que se la pasan haciendo listas pertenecen a la especie de los listos. Rodríguez hace listas de cosas que le gustaría perder y poder preguntarse sin demasiadas ganas dónde estarán y darlas por perdidas. Ejercer el derecho al acto de perder como vicio adictivo, como verdadera perdición. La necesidad de saber no saber dónde están. Cosas sueltas: las flamígeras e inflamables video-postales desde Kiev, mezcla de cuadro de Bosch y de escenas de Mad Max confirmando, como decía Kurt Vonnegut, que todavía estamos en la Edad Media; los millones escandalosos por el fichaje de Neymar y la posible imputación del confuso y confundido Barça; el detalle de la declaración de la imputada infanta Cristina (los cientos y cientos de “no me acuerdo” y “no me consta”, como si escenificara una anti-variación de Anastasia donde jura no recordar nada); las páginas y páginas sobre la compra de WhatsApp por esa Facebook a la que un reciente informe de Princeton daba por muerta hace unas semanas y que ahora vuelve a ser la Dueña del Mundo y propietaria de data personal de millones de incautos que se pierden día a día ahí dentro; las cuentas en Suiza de políticos con currículums donde se encuentran títulos que nunca tuvieron o trabajos que jamás ejercieron y que, oh, las habían dado por perdidas desde hace años y ya ni se acordaban de ellas; los sucesivos ensayos del fin de ETA a cargo de una ETA infinita (toca el “amago de desarme”); la incesante búsqueda del cuerpo muerto de la pobre Marta de Castillo, ahora, agotadas las posibilidades físico geográficas, adentrándose en la memoria de su asesino vía suero de la verdad y pruebas à la naranja y mecánico Método Ludovico; los preparativos dispuestos y la entrega absoluta de una casi orgásmica Barcelona a una nueva edición del (¡Viene Zuckerberg! ¡75.000 visitantes! ¡Ahhh!) del Mobile World Phone donde presentar las “nuevas tendencias telefónicas” para alegría de tantos que sólo quieren cambiar el aparatito que acaban de cambiar y que todavía recuerdan a Lost –esa serie cuya trama de varios años puede reducirse sin dificultad a ciento cuarenta caracteres– como la cumbre más alta del pensamiento filosófico-místico jamás alcanzado por el hombre. Todo esto y mucho más. Tantas más cosas a perder de las que ahora Rodríguez no se acuerda bien dónde las dejó pero que, lo sabe, está seguro, andan por ahí, cerca, debajo de camas y de sillones o en los estantes más altos y más que dispuestas a morderte los tobillos o a caer sobre tu cabeza cuando menos lo esperas, siempre.

TRES Pero la cosa perdida es mucho más grave (y mucho más grande) que esas pequeñeces que uno juraba están en el bolsillo ese y resulta que reaparecen, como por arte de magia, en el cajón aquel. Rodríguez tiene la sensación de que lo que se ha perdido es todo. Absolutamente todo. Lo siente cuando le emiten una y otra vez las inevitables y omnipresentes imágenes de esos inmigrantes ilegales desesperados por dejar el Continente Negro para llegar como sea y cueste lo que cueste (clavarse en vallas anchas, ahogarse en estrechos, no es que quieran venir: es que necesitan irse) a un Continente Gris o Sepia. A Europa, rota y desconfiada con sus vecinos europeos. Un territorio cada vez con más ganas de hacerse el suizo o el escocés o el catalán. De hacerse pedazos y de cerrar fronteras alzando los estandartes de un nacionalismo racista y xenófobo y jugando al cada cual atiende su juego y al me cansé de prestarte la pelota pero te disparo pelotas de goma.

CUATRO De ahí que extraviado, pero sin poder siquiera fantasear con perderse, Rodríguez busca on-line (donde todo se encuentra para que jamás llegues a encontrarlo) y teclea lost objects y, por fin, halla y llega a algo: el a partir de ahora imprescindible para él site del Profesor Solomon. Un hombre que, en la foto, tiene el aire de un personaje de sitcom antigua, posando con un paraguas. El Profesor Solomon, que se presenta allí como creador y estudioso de la ciencia creada por el mismo: la Encontrología que se dedica, claro, al estudio del  encontrar todo lo perdido. Así que si se perdió algo, hay que seguir sus instrucciones (http://www.professorsolomon.com) con prosa y espíritu donde confluyen algo así como el koan zen con el aforismo lisérgico de Richard Brautigan resultando en doce pasos a seguir (http://www.professorsolomon.com/12principles.html; el libro del Profesor Solomon puede descargarse gratuitamente aquí: http://www.professorsolomon.com/12principles.html) entre los que se cuentan maravillas como: No lo busques, No está perdido: tú lo estás, Lo estás viendo aunque no lo veas, Vagabundeo doméstico, Está donde se supone que debe estar hasta alcanzar el satori y la revelación de La Zona Eureka. Cuando no se encuentra algo, el Profesor Solomon prohíbe caer en ese frenesí desordenado del puede estar en cualquier parte. No: eso está en un solo lugar posible. Así que lo que hay que encontrar –previa reposada reflexión—es al sitio exacto y no a la cosa perdida. “No hay objetos perdidos, sólo buscadores asistemáticos. Lo que se ha perdido no es el objeto, eres tú”, dictamina el Profesor Solomon. Y una advertencia útil: “los objetos perdidos siempre acaban estando donde se supone deben de estar” (como El Chapo Guzmán) a no ser que, suele pasar, hayan sido arrastrados por alguna “corriente doméstica”. Y en muchas ocasiones no es que lo hayas perdido  tú sino que alguien se lo llevó o está en ese “área de invisibilidad” a apenas centímetros de donde recuerdas haberlo visto por última vez. Si todo falla, el Profesor Solomon nos conducirá hasta el sólo-en-caso-de-emergencia paso número trece: Qué será, será. Es decir, se perdió. Para siempre. Hasta nunca. Adieu y nevermore y “acepta el destino de tu objeto” y “casi todo puede ser reemplazado”, recomienda el Profesor Solomon, con una informal e informática palmadita en el hombro.

  Y, ya es tarde, ya se ha perdido otro día, y Rodríguez se desenchufa para, bañado por la luz fría del refrigerador, descubrir que no es que esté perdido sino que quiere apasionadamente que alguien lo encuentre.

  Mientras tanto y hasta entonces, ahí está, ahí encontró lo que buscaba.

  No es la felicidad, pero tampoco es la tristeza.

  Es chocolate.

Homo Novato

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UNO La pasajera novedad de la noticia de las novatadas suele alcanzar su clímax todos los meses de septiembre, con el retorno a oficinas y aulas. Cabeza gacha y arrastrando los pies y a ver qué espera. Allí, se sabe, hay que pagar derecho de piso porque siempre hay alguien remarcando territorio y status por el sólo hecho de haber llegado antes y de llevar más tiempo ahí. La novatada entonces — hazing en inglés, bizutage en francés, trote en portugués, kurg en orco– es la versión tonta y pesada y supuestamente (in)ofensiva de todo aquello que postuló Charles Darwin: no la supervivencia del más apto sino la humillación del más nuevo para que alguien pueda sentirse no viejo sin vintage, que no es lo mismo. Y hay noches en las que Rodríguez recuerda las inolvidables novatadas a las que fue sometido alguna vez. Y a las que se resignó pensando que, bueno, esto va a suceder unas pocas veces en la vida: porque cada nuevo stage en el video-game de su existencial significaba, al menos, que avanzaba en alguna dirección, que ascendía hacia alguna parte, sumando puntos. Y, por supuesto, estaba todo ese aparato anecdótico-histórico que si no justificaba a todo el asunto al mismo lo dotaba de un cierto aire de trascendencia. Porque novatadas se veían y se reían también –desde afuera—en esas novelas y películas que podían transcurrir en Oxford o en West Point o en Yale (donde en la elitista Skulls & Bones se forman y deforman los futuros amos del mundo) o en alguna ruinosa fraternity house donde el fantasma de John “Bluto” Blutarsky corre por sus pasillos y rueda por sus escaleras gritando “¡Toga! ¡Toga! ¡Toga!”.

DOS Pero, de un tiempo a esta parte, las novatadas parecen extenderse a lo largo de todo el año lectivo/profesional a lo ancho del cada vez más fragmentado territorio español. Y, claro, su difusión es más viral y tóxica cortesía de enredadoras redes sociales para desesperación de padres y docentes y asociaciones especialmente creadas para combatir la graciosa especie  (www.nomasnovatadas.org) a la que intentan cercar con la seriedad de nuevas leyes y castigos. Pero, por el momento (aunque en Francia ya estén incluidas como delito dentro del Código Civil) no hay caso, no se les hace mucho caso. Pocos se atreven a denunciar por miedo a convertirse en eternos novateados. Y hasta hay “autoridades” educativas que recomiendan a alumnos quejosos no hacer mucho lío, pasar rápido por el mal trance, e “integrarse”. Y ya se sabe: a muchos profesores y a muchos sacerdotes le gustan mucho cierto inconfesable tipo de novatadas.

  Así, pasen y click y vean: intoxicaciones alcohólicas vía embudo, conversión en ceniceros humanos, beber vinagre (a veces mezclada con gel para limpiar inodoros), duchas de agua fría, cabezas rapadas a cero, tatuajes de esos que no se borran, lavarse los dientes con la escobilla del wc (o rescatar monedas con la boca de los fondos del wc), pintarse un testículo de rojo y otro de verde para “hacer de semáforo”, tener que ir a la Puerta del Sol y recaudar dinero a cambio de que les arrojen pasteles a la cara, engraparse la piel, paseíllo por pasillo humano donde son bombardeados por huevos y harina (y, en ocasiones, disolventes varios), exhibirse en ropa interior, simular (o no) felaciones, arrojarse desde alturas poco recomendables y, ya que estamos, cantar a los gritos el falangista “Cara al sol” y dar vivas a Franco.

  De tanto en tanto, alguien muere y algunos salen con ganas de matar.

  Pero para eso están los novatos del año que viene, ¿no?

  La vida es hermosa y, al final, novato hasta el último aliento, te espera la novatada definitiva: descansar en paz después de tanta guerra, aseguran quienes no estuvieron allí, pero ya van a estar.

TRES Y la costumbre es vieja como el mundo y el otro día Rodríguez vio un antiguo grabado de 1879, en un anuario del Massachusetts Agricultural College, donde ya se celebra la fiestita. “La sorpresa” y “La consumación” son las instrucciones a seguir. No hace mucho, Rodríguez leyó acerca de Andrew Lohse. Sobreviviente a los ritos de paso y de iniciación de la hermandad Delta Kappa Epsilon de la Darmouth University (de la que salieron tres presidentes norteamericanos y muchos jueces del Tribunal Supremo) y quien decidió contarlo todo y hoy se pasea por colleges advirtiendo a muchos de lo que les espera si no hacen (o dejan de hacer algo) al respecto. Lohse –digámoslo—decidió denunciar recién luego de ser expulsado y convertido en paria sin ningún futuro profesional porque, claro, detrás de mostradores y escritorios siempre se encontraba a algún ex fraterno. Y eso es lo que más inquieta a Rodríguez: ¿en qué acaba convirtiéndose alguien que fue convertido en semejantes ritos de paso y tropiezo? Muchos, está seguro, acaban como adictos a la cámara sorpresa y hasta dueños de ideas como la que por estos días fascina a sus jefes, los publicitarios argentino/condales Nene y Bebe Fagliacce-Stein. La idea de publicitar dando miedo, asustando, reduciendo al usuario en el más tembloroso de los novatos. Prankvertising, le dicen. Rodríguez se enteró del tema leyendo esto (http://www.playgroundmag.net/musica/noticias-musica/curiosidades/la-nueva-publicidad-pasa-por-cagarse-de-miedo-los-10-grandes-exitos-del-prankvertising) y lo cierto es que lo de Carrie tiene su gracia. Pero ¿cuál es la distancia que separa a un chiste de un ataque cardíaco o de un “triste accidente”? Sobre todo en una sociedad donde muchos llevan un revólver a la altura del corazón. Los Fagliacce-Stein, por supuesto, ya están imaginando formas de aplicar el miedo novatístico al español medio; pero, claro, no es sencillo asustar ya a un pueblo que vive aterrorizado todo el día. Miedo a que este sea su último día de trabajo, a tener que escuchar de nuevo a Rajoy explicando cómo lo peor quedó atrás (mientras la nueva Ley del Aborto sigue adelante), al infinito análisis zapruderiano del breve tránsito de la Infanta Cristina víctima de la novatada de tener que ir a declarar a tribunales, a las pelotas de goma disparadas a inmigrantes en Ceuta, al que leer en voz alta el recibo de la electricidad para intentar así comprenderlo abra los portales de la ciudad sumergida de R’lyeh (Océano Pacífico, latitud 47º 9′ S, longitud 126º 43′ O,) para liberar al inconmensurable y todopoderoso y nada bromista pero muy pesado Cthulhu y…

CUATRO …entre rayos y centellas y vientos de sucesivas ciclogénesis explosivas, con todo volando por los aires y las aguas, como por voluntad de alguna deidad primitiva a la que le gustan las bromas pesadas, Rodríguez se enteró días atrás de la nueva-noticia-novatada. Tuvo lugar en la playa de Meco, en Portugal, a la una de la madrugada, donde una ola tamaño XL se llevó a seis jóvenes y a sus respectivas vidas. Todos vestían capas negras y universitarias, llevaban los ojos vendados, y solo un séptimo estudiante vivió para contarlo con la boca llena de espuma de mar. ¿Qué hacían allí? Las investigaciones revelaron que (aunque el sobreviviente lo niegue; porque todo parece indicar que él era el líder y supervisor de la maniobra con el grado de “Dux” y portador de la jerárquico y codiciada cuchara de madera que certificaba su alto rango) estaban allí para “celebrar una suerte de novatada elaborada, reservada a los estudiantes veteranos miembros de una jerarquizada sociedad secreta que se encarga, a su vez, de imponer las novatadas a los recién llegados”. La ministra de Justicia portuguesa declaró que “No tiene sentido prohibir inocentadas que, en determinados casos, son bonitas. Prohibir no es la solución”. En cualquier caso –bonito o no—todo indica que el Dux dejó un rastro imborrable en mensajitos de móvil y peliculitas varias (de un tiempo a esta parte, a Rodríguez no deja de asombrarle la torpeza exhibicionista de aquellos que no dudan en delatarse para que la policía los encuentre con un sencillo con una sencilla bajada de pulgar) que, tal vez, pronto lo llevarán a ser novato en patios y baños de cárcel.

  Allí, por supuesto, lo esperan a él y a su cuchara de madera verdaderos profesionales de la novatada. Divertidos muchachos con muchas ganas de iniciarlo –fraternalmente, entre la sorpresa y la consumación– en las costumbres y ceremonias del lugar.

 

Decálogo para empezar a escribir algo que se supone será una novela y todo eso, etc.

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En sincro con la ominpresente idea del fin de año, algunos consejos para comenzar algo.
 
UNO Avisar a mujer e hijo que uno sale de viaje y que no sabe exactamente cuando regresará. Pero que –en cualquier caso y por cualquier cosa– estará siempre en otro planeta cercano, en la lejanísima habitación de al lado. Y que no hay problema alguno en ser interrumpido. Quiéreles mucho, te quieren mucho.
 
DOS Asegurarse –droga dura pero líquida– de que hay (latas, de ser posible) acopio suficiente de Coca-Cola. Hay. Tener, además, título: el título es como el ancla descendente de la novela o el garfio al final de la soga con la que se escala. Además, tener título es indispensable a la hora de responder qué es lo que se está escribiendo. Ayuda, también, tener primera y última frase. Recitarlas una y otra vez hasta creérselas frente al espejo del baño, en noches de tormenta. Last but not least: busca y encuentra un buen editor al que respetes y que te respete. Si ya lo tienes, cuídalo mucho: no abundan, y están en extinción. WARNING: todo lo dicho acerca de los editores es igualmente aplicable a los lectores. 
 
TRES Volver a preguntarse qué es o qué debe ser una novela. Preguntarse si alguna vez se escribió una novela-novela. Responderse que sí, una vez. Se titula Esperanto pero surgió toda de un sueño, como si se la dictasen, y la terminó –sin esfuerzo ni duda alguna– en apenas una semana, a razón de un capítulo al día. Cada uno de los siete capítulos (más una coda-ritornello) lleva el nombre de un día de la semana y punto y final. Pero al día de hoy (y, seguro, por siempre) aún le cuesta pensar o creerse o convencerse de que esa novela –la más rigurosa estructuralmente entre las suyas, su novela más novela– la escribió él y no le fue, apenas, concedida por algún poder misterioso.
 
CUATRO Rezar y desear y cruzar los dedos para que vuelva a sucederle lo que cuenta en el punto TRES de este decálogo. No, no solo no volverá a sucederle NUCA sino que, desde entonces, nada es gratis y todo don tiene su cláusula en letra pequeña, cada vez le cuesta más escribir, cada vez escribe más despacio, cada vez piensa más lento y –al menos eso espera– más profundamente. Tan profundamente que suele casi ahogarse una vez al día. A propós, párrafo del libro que casi esta terminado en estos días siendo casi la palabra clave y operativa: “La Chica añade: “Además pega muy bien con eso que él decía sobre el modo en que cambió su método de escritura y su estilo. Eso de que al principio, cuando empezó a escribir, se limitaba a esperar a que las ideas le llegasen ya formadas, como pasajeros, en la punta del muelle; y luego, más adelante, la dificultad y desafío y duda de tener que ir a buscarlas mar adentro y de alquilar un bote y remar y ponerse el traje de buzo y descender a arrancarlas a las profundidades como restos de un naufragio para armar, ¿no?”.
 
CINCO Aguantar la respiración todo lo que se pueda ahí abajo. Tener claro que, con el paso de los años, uno ya no es el que era y flota distinto y nada estilos a menudo no aceptados o comprendidos por guardavidas y socorristas y salvavidas. Sí, de acuerdo: de lejos puede parecer que uno agita desesperadamente los brazos y pide ser rescatado. Pero en realidad está nadando, flotando, escribiendo.
 
SEIS Releer abundantes notas y convulsos diagramas con flechas en libretas que –como lo que se escribe al costado de los sueños– no tiene gran sentido pero sí, seguro, su razón de ser y de estar. Como piezas de un puzzle gigantesco que viene dentro de una caja sin imagen de modelo terminado.
 
SIETE Establecer qué música se escuchará mientras tanto. Dos clásicos inamovibles: las Variaciones Goldberg en la segunda y última y crepuscular versión de Glenn Gould y Wish You Were Here de Pink Floyd.
 
OCHO Coger una agenda o planner y prometerse imposibles números de páginas por día y absurdos plazos de entrega del manuscrito a modificar con excusas de lo más creativas y originales. Nota (im)pertinente: incluyendo a los Diez Mandamientos, nunca has tenido fe en la aplicación, utilidad y funcionamiento de los muchos decálogos literarios que andan dando vueltas por ahí. Y mucho menos –jerarcas vaticanos y popes de la novela incluidos– en aquellos que los enumeran con cadencia de liturgia y credo, como si prestasen un gran servicio a la humanidad toda. (Excepción hecha del muy gracioso Kurt Vonnegut, quien se ríe del todo el asunto con absoluta seriedad; escucharlo aquí http://www.youtube.com/watch?v=nmVcIhnvSx8 y aquí http://www.youtube.com/watch?v=oP3c1h8v2ZQ). Pero la eventual redacción de un decálogo te parece, ahora mismo, además del dinero que recibirás por ello, una excelente punto de fuga (hasta que, casi enseguida, vuelvan a atraparte) para evadirte sin culpa y con la coartada de haber aceptado el encargo de subir y bajar con las tablas fuera de la ley de este decálogo acerca de cómo iluminar aquello en lo que te encuentras siempre a oscuras y diciéndote que uno nuca es el Dios de su propia obra sino, apenas, el más imperfecto e imperdonable de los pecadores.
 
NUEVE Mirar mucho por la ventana como si, desde el horizonte (donde toda esa gente actualiza sus perfiles en Facebook, twitea su vida y descarga libros que jamás leerá pero que necesita para justificar la compra de su ebook) fuese a llegar algo salvador mientras se repite una y otra vez, como mantra y consuelo, pero tan triste, eso de “El siglo XIX, la Edad Dorada de la Novela, ya pasó y nunca volverá”. Lo que no implica el no retirarle el saludo a todo aquel que, de tanto en tanto, asoma la cabeza para, con modales de notario zombi, firmar el acta de defunción del género, teorizar sobre “la muerte de la novela”, etc.    
 
DIEZ Convencerse de que esta vez va a ser la mejor de todas, de verdad, en serio, por favor, ¿sí?   
 
PS (IM)PERTINENTE DESDE EL OTRO LADO DE TODO EL ASUNTO: un par de meses atrás, el aquí firmante terminó (luego de haberla empezado varios años antes) una novela (o algo que se supone es una novela) titulada La parte inventada. El libro estará en las librerías de toda España el próximo 20 de febrero y se presentará ese mismo día en la librería La Central (Calle Mallorca, 237, Barcelona) a las 19:30 en conversación con Claudio López de Lamadrid.
  Come together. 
 
Publicado en El Confidencial, España.

Homo Cut-Up

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UNO Ya hace más de una semana que Rodríguez va por libre pero preso de una extraña melancolía –un constante mirarse al espejo o de refilón en escaparates y ollas y superficies pulidas y mercuriales varias— que hasta a mí me resulta desconcertante. Hasta que me acuerdo de una de las pocas referencias descriptivas que hice de Rodríguez alguna vez. Y busco y encuentro y leo y entiendo: “Rodríguez es como la versión ibérica del actor Philip Seymour Hoffman cuando hace de buen tipo”. Y, sí, Rodríguez está triste por la muerte de PSH, a quien jamás conoció pero admiró tantas veces y con cuyo espectro se encuentra, desde hace nueve días, todas las mañanas, frente al botiquín, al encenderse y todas las noches, al apagarse. Como se enciende y se apaga un actor de sí mismo.
 
DOS Rodríguez, está claro, no es el único. Yo también. ¿Por qué la muerte de PSH ha conmovido más (me consta) que la de otros famosos? Tal vez porque PSH parecía tan normal, próximo, posible. Una de esas caras de nada que dan para ponerle el rostro a todo. Un humilde soberbio que parecía triunfar, siempre, aferrándose a personajes perdedores que significarían la derrota de tantos fáciles (por simples en su estrategia) ganadores. Ahora, en todas las películas de PSH, puestas una detrás de otra, se hace difícil detectar un tic o una tara o un truco. Y tal vez por eso no hay, que se recuerde, imitación o imitadores de PSH. Alguien que empezaba y terminaba en sí mismo y que acabó mirándose por última vez, en el espejo del baño, tal vez silbando “Save Me”, de pronto descubriendo que no había leído bien la letra pequeña y la cláusula trampa de su último papel y de su papelina final.
 
TRES Y fueron varios los que no pudieron evitar compaginar la sobredosis de PSH con la reciente muerte de Lou Reed (aquel que cantaba a la heroína que le hacía sentirse “como el hijo de Jesús”) y con los cien años del nacimiento de William S. Burroughs, padre adoptivo de la técnica cut-up (en realidad parida casi a su lado por Brion Gysin con una ayudita/influencia dadaísta). Eso de arrojar todo al aire y ver cómo cae y reordenarlo siguiendo la secuencia que dicta un azar nunca del todo casual. “El cut-up como nuevo lenguaje donde todo aparece fragmentado, donde las historias empiezan por donde terminan y no respetan el orden cronológico de los acontecimientos, lo importante es poner todo por escrito, rápido, antes de que desaparezca o se olvide. Someter cada instante al mayor número posible de variaciones, cada una de ellas presentada de un modo que sea interesante y, al mismo tiempo, justificable. Alterar el modo en que se lee, en que se ve una película, en que se piensa. Primero alterar el nervio óptico y, a partir de la pupila, alcanzar el cerebro y reprogramar todo el sistema nervioso. Así, dejar palabras afuera, fechas, sentimientos. El cut-up como forma de vida no hace otra cosa que volver explícito y claro –como en esos dibujos con números en blanco y negro en los que cada número equivale a un color diferente– el proceso psicosensorial”. 
  Cosas así decía Burroughs a quien por estos días Rodríguez vuelve a cruzarse –por primera vez desde las lecturas de su juventud—en una biografía monumental en inglés (Call Me Burroughs, de Barry Miles) y en un pequeño libro en español (Nada es verdad, todo está permitido, de Servando Rocha) donde se cuenta la visita que alguna vez le hizo otro heroinómano caído, Kurt Cobain, al autor de El almuerzo desnudo. A Burroughs, el líder de Nirvana no le resultó particularmente interesante y, con el tiempo, aclaró: “Lo que recuerdo es la expresión moribunda de sus mejillas. Él no tenía intención de suicidarse. Por lo que yo sé, ya estaba muerto”. 
  Amigos y conocidos y vecinos de PSH relataron a cámaras y grabadores que, en los últimos tiempos, se lo notaba “un tanto ido”. Y, de pronto, PSH se fue del todo. La máquina blanda y burroughsiana de su cuerpo enfriándose en el suelo del baño, una aguja colgando de un brazo para el que una dosis de droga dura e ilegal era algo mucho más barato y fácil de conseguir en NY que los sólo con receta analgésicos y opiáceos de laboratorio a los que cada vez más norteamericanos son cada vez más adictos. Burroughs –quien probó mucho de todo y vivió para contarlo—acabó renegando de las drogas, acusándolas de ser un mecanismo de poder administrado por gobiernos (“La Enfermedad”) y recomendando al amor como único remedio y cura para todos los males de este mundo.
  Amor es nunca tener que volver a pedir perdón por drogarse.
 
CUATRO Y aún así, Rodríguez no puede dejar de fantasear (nunca la probó) en cuanto a si cabalgar a lomos de un poco de H será una experiencia tan poderosa y placentera como para hacer desaparecer tras un denso velo de perfume de amapolas (y no de magnolias) al cada vez más tóxico para él Mariano Rajoy. A el presidente paseándose de convención en convención, con el periódico deportiva Marca bajo el brazo, siempre afortunado a la hora de la metáfora. No. Seguro que no. No se ha refinado aún un compuesto tan poderoso, se dice Rodríguez. Lo último –en la convención nacional de su partido en Valladolid, en un fin de semana en que el oleaje ciclogénesis y explosivo se llevó a media cornisa cantábrica— fue su triunfal “Ya se nota que sube la marea” y un “La crisis no se lleva a España por delante sino es España quien se lleva a la crisis por delante”. Lo dijo ahí, frente a los suyos que no lo son tanto porque la cosa está complicada ahí dentro. Pero no importa, no es cierto. Los políticos, se sabe, son adictos a sí mismos y se juntan para auto-reafirmarse en esos mítines alucinógenos que son como las presentaciones de libros a las que sólo van amigos del autor que, además, son todos escritores. Ya se sabe: hoy yo te aplaudo, mañana tú me aplaudes, y hasta la próxima dosis. Ahí dentro, calentitos, todos hablaban con una perturbadora proyección de fondo en la que el mapa de España aparecía como congelado y envuelto en una especie de baba de insecto de Interzona. Afuera, ya se sabe, cut-up, hace frío y viento, la electricidad sigue subiendo de precio, ETA vuelve a anunciar algo, se ahogan más inmigrantes en la frontera, y la Infanta llega a declarar en auto y sin paseíllo y sólo recuerda que no recuerda nada por amor. Y, sí,  nada importa o se quiere menos que a la supuesta clase dirigente y gobernante que parece expresarse cada vez más no con cadencia y dicción cut-up sino con los nervios de quien pierde los papeles. El mejor momento de Rajoy fue, leyéndolo de sus habituales papelones, ese “Y si además tú, cuando digo tú digo él, pero le digo tú” para referirse a Rubalcaba pero sin nombrar a Rubalcaba, tan increíblemente experimental pero poco experimentado en las artes de la elocuencia y el discurso. Para Rajoy –como para Burroughs, pero de cepa más que diferente— el lenguaje es un virus. Y Burroughs –por lo que va siendo hora de ir cerrando este fallido intento de vanguardia en la retaguardia de un periódico, todo flotando y suspendido, rogando porque se ordene al picarse en picada— aseguraba, con genio e ingenio, que “Se le dice a algo experimental cuando el experimento salió mal”.
  “Es el Partido Popular o la nada”, exclamó extática, María Dolores de Cospedal, la contramaestre de Rajoy. 
  Pues eso, pues esto.
  Falta cada vez menos –culebras son ya lo que sobra– para que empiecen a llover sapos.

Homo Culo

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UNO De ser cierta aquella nunca del todo verificado concepto de que una imagen dice más de mil palabras, entonces seguro que una imagen también puede tartamudear apenas ciento cuarenta caracteres. Y que esa es la imagen que define, con las letras contadas, a los estúpidos tiempos de hiperconectada soledad en que vivimos y nos enredamos. 
  Ahora mismo y sin ir más lejos –en el horario sin tiempo ni límites de internet, mientras ustedes leen esto– Rodríguez busca y encuentra sin demora ni problema la imagen de una tal Jen Setner: una mujer a un culo pegada. Y, sí, la suya es una imagen que sintetiza y potencia a la perfección la idea de que se puede pensar con el culo y de que ese culo puede hacer pensar en culos a demasiada gente.
 
DOS Rodríguez se entera de la existencia del culo de la neoyorquina y veinteañera Jen Setner por una breve nota de tipo social/de color en El País. Y allá va y ahí está y Google Imágenes y ¿puede haber algo más idiota que una joven fotografiándose a sí misma con su teléfono frente a un espejo doble y parando el culo para que todo se detenga a su paso? La respuesta se seguro que sí. Porque a la astuta (la astucia de estar en perfecta sincronía con tiempos tontos) Jen Setner la cosa le ha salido más que bien gracias al ininterrumpido cuelgue de sus selfies/belfies oraculares y retaguardistas. Fotos que van desde el porno soft a las posiciones más absurdas y a los ángulos más demenciales. Y ahora Jen Setner se encuentra a la vanguardia del comercio gluteal y el voyeurismo pixelado. Su culo es el más shared  y el más I Like y el más visitado y seguido por las curvas de Instagram, Facebook y Twitter. Un culo atípico, aseguran los que saben y que parece desafiar, por ahora, a La ley de Gravedad con su formato esférico y ascendente. Dos millones de personas y sumando –Rodríguez y Rihanna incluidos—le han mirado el culo a Jen Selter. Y ella está más que contenta mientras aclara que lo único que se operó fue la nariz. Se ha mudado a coqueto piso del Upper East Side, ha firmado pulposos contratos con empresas de agua mineral y de productos nutricionistas. Lo próximo, lo inminente, es una línea de ropa deportiva y el sueño realizado del gimnasio propio y, luego, la fama como personal trainer de estrellas y el universo y más allá hasta que todo lo que sube, inevitablemente, baje mientras, en algún lado, Andy Warhol sonríe un tímidamente soberbio “No digan que no se los dije”.
 
TRES “¡Qué culo!”, exclaman a dúo/coro los mellizos Bebe y Nene 
Fagliacce-Stein, argentinos y dueños, en Barcelona, de la agencia de publicidad Tangoz donde explotan a Rodríguez al que consideran “sus manos derecha e izquierda, ja ja ja”. El Bebe y El Nene no dejan de mirar el culo de Jen Setner y caen en algo que a Rodríguez le produce una cierta inquietud. Una especie de éxtasis epifánico y anal que se traduce en el recitado –con cadencia de mantras— de nombres de mujeres que Rodríguez desconoce. “Adriana Brodsky… Patricia Sarán… Raquel Mancini… Florencia Canale…”, ululan rítmicamente, como en trance, los Fagliacce-Stein mientras Rodríguez los contempla sin saber muy bien qué hacer. Enseguida, El Nene y El Bebe le cuentan que esos “no son nombres de mujeres: son nombres de culos de mujeres”. Y que esos culos marcaron a fuego su juventud, en los años, 80s, cuando le informan, “tener culo” equivalía a tener la mejor de las suertes posibles y que “te toquen el culo” la peor. Y que esos culos, por supuesto, “Estaban mucho mejores que el culo de esta Jen” quien, ahora, en un video de YouTube, hace contorsiones sonrientes y para cola y tráfico en Times Square frente a una pandilla de afroamericanos de aspecto más bien peligroso y canibalístico que se la comen y la mastican con los ojos. 
  Y enseguida –el horror, el horror—los mellizos Fagliacce-Stein tienen una idea. Una gran idea. Una idea “más grande que el culo asegurado de Jennifer López”, le aseguran. Y es la de “juntar, hoy, a todos esos culos nuestros y patrios” para filmar el spot de ese nuevo método dance-gimnástico y argentino cuya cuenta les acaba de caer. Algo llamado Zamba y que –creado por un porteño de alias Iron Martin– aspira a destronar al Zumba con una combinación de aerobics, boleadoras y un toque S&M de espuelas y riendas y rebenques ideal para mantener excitadas y jadeantes a las lectoras de Cincuenta sombras de Grey. Miley “Twerking” Cyrus ya twiteó que lo practica sacando la lengua. “Todos esos culos argentos y cougar… ¡Va a ser como si se juntaran los Beatles! ¡Los Buttles!”, ríen desorbitados los Fagliacce-Stein. Y así los deja Rodríguez, aullando a la luna de sus pequeñas pantallas junto a todos aquellos que se preocupan cada vez más por la high definition a través de sus aparatitos que por la alta definición de la realidad que los rodea. Y lo que rodea a Rodríguez a Rodríguez no le gusta. Empezando por su trabajo. Rodríguez va de culo con su trabajo y, en su casa, a Rodríguez le va como el culo. 
 
TRES De regreso en pisito cada vez más diminutivo, Rodríguez encuentra a mujer, hija e hijo como hipnotizados frente al televisor donde están pasando el más descaderado que descarado nuevo video-clip de Shakira (con, de nuevo, Rihanna como camarada, como compañera de cama) y ahí están la rubia teñida y la artificial morena golpeando sus culos contra paredes como si en ellos les fuese la vida, la buena vida. Rodríguez espera su turno en la tele y ve que van a pasar Lost in Translation y le dan ganas de volver a verla, de volver a ver a Bill Murray; pero ahí está, en los títulos, el culo de Scarlett Johansson (otra que se sacaba selfies anales frente a espejos) y decide que suficiente por hoy, por ahora. Porque el trasero de la actriz le devuelve, proustiano, aquel otro de su lejanísima prima argentina, Mirta Rodríguez, en jeans ajustados, aquella a la que conoció hace tantos años en un viaje adolescente a Buenos Culos y a la que no volvió a ver nunca pero a la que no deja de ver dentro de su mente. Allí, en el iPad de su memoria, donde otros tienen elevado a los altares al derrière de Jen Selter, Rodríguez sólo tiene espacio y lugar para la parte de atrás de Mirta. ¿Qué será de ella, de Mirta? ¿Irá a visitarla si sale lo del Zamba y hay que filmar en Argentina?, se pregunta. 
  Así se duerme y esa noche, sus sueños, son una sucesión de extremidades extremas. Una especie de bizarro documental del Histery Channel donde se cuenta y se da cuenta del culo femenino como señal/atracción ratonera y primitiva para propiciar la propagación de la especie, se diagnostica la pygophilia o sexualización de los culos, se enseña a dar juguetones azotes victorianos, se escuchan de fondo canciones oculares de Queen y Spinal Tap y de rappers surtidos, y se acaba anticipando a una app para homúnculos con pulgares siempre erectos que les permitirá, por fin, tocar culos a distancia y con el pulgar sobre un teclado. 
  Por la mañana, con el café, Rodríguez se siente como el culo y lee que un estudio de Princeton asegura que en los próximos tres años Facebook perderá al 80% de sus zombisuarios. Lo que Rodríguez entiende como buena noticia y retorno a un mundo en vivo y en directo donde los ojos volverán a mirar culos –nunca mejor dicho— en carne y hueso. 

Homo 1914

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UNO “¿Cuál es el número para llamar y presentar la denuncia de que otro número te está persiguiendo y alcanzándote y bombardeándote con fuego de mortero y asfixiándote con gas mostaza y acribillándote con fuego de metralla?”, se pregunta Rodríguez mientras intenta huir en vano del primero y guerrero y mundial 1914, aquí y allá y en todas partes. 1914 como año de estreno de lo que entonces se llamó Gran Guerra (por tecnológica y moderna y de luxe) y no Primera Guerra Mundial; porque luego de semejante espanto nadie imaginó que podía insistirse con una secuela con aún mejores/peores efectos especiales . ¡Hey!: iba a durar un par de meses, pero duró cinco años y ahora cumple cien.

  Feliz infeliz cumplesiglos.

DOS Y, así, el 1914 explotando sin cesar. En noticieros donde mandatarios del Nuevo Viejo Mundo ya se aprestan y hacen planes de campaña para la conmemoración en julio. En mesas de librerías donde se reproducen los ensayos y novelas que revisitan el conflicto con modales de enviados a otro planeta que alguna vez estuvo en este y sigue estando en algún loop espacio temporal. En suplementos especiales de periódicos (hace un par de semanas El País publicó uno muy bueno, en colaboración con The Guardian, Le Monde, La Stampa, Gazeta y Süddutsche, pero sólo, ¿por qué?, en versión electrónica) donde se suceden las ametralladas columnas de opinión, las entrevistas a historiadores, políticos, a un tal Carlos de Habsburgo-Lorena (nieto del último emperador de Austria) que aclara que “No es cierto que mi familia sea culpable de esa guerra mundial”, y las preguntas a los poco centenarios y sobrevivientes de la partida de que van quedando y cuyos rostros no tienen la textura de momias de faraones sino la de los esclavos que enterraban vivos junto a los faraones: el equivalente egipcio a esos pobres soldados que salían como escupidos del fango de las Ardenas o Verdún o Bolimov o Isonzo mientras sus generales peinaban sus absurdos bigotes y brindaban con champagne en el casino de oficiales, mirando mapas, moviendo fichas, jugando a los soldaditos.

TRES Y nada es casual y la historia se repite y días atrás Rodríguez enganchó por casualidad la película definitiva sobre el asunto (Paths of Glory, de Stanley Kubrick, de 1957 pero recién estrenada en Francia en 1975) y el emotivo videoclip de “Pipes of Peace” de Paul McCartney, donde se escenifica y se le canta a esa tregua espontánea y breve que, en la Navidad de 1914, firmaron sin pedirle permiso a sus superiores para abrazarse por un rato en la No Man’s Land. Y no hace mucho Rodríguez leyó la excelente El hijo del desconocido de Allan Hollinghurst en la que un joven y no demasiado buen poeta, Cecile Valance, muere en el frente de batalla y entonces uno de sus poemas adquiere resonancia mítica para quienes lo conocieron de cerca y para todo un país que lo idolatra de lejos, sin siquiera intuir la trama secreta de esos versos sueltos. Misteriosamente, la Primera Guerra Mundial (tal vez por ya tener el aire nostálgico de un pasado casi inmemorial y más fácil de mitificar) genera hoy más ficciones que las guerras que la sucedieron e, incluso, a Rodríguez le resulta mucho más nutritivo releer El final del desfile de Ford Madox Ford y Sin novedad en el frente de Erich María Remarque o Johnny cogió su fusil de Dalton Trumbo (o, más cerca, la trilogía de Pat Barker o Un soldado de la Gran Guerra de Mark Helprin) que Los desnudos y los muertos de Norman Mailer o De aquí a la eternidad de James Jones o Los jóvenes leones de Irwin Shaw (Matadero Cinco de Kurt Vonnegut o Trampa 22 de Joseph Heller son ya, aunque no lo supiesen entonces, novelas vietnamitas). Y, claro, la pregunta que late en el corazón de la novela (y en el cerebro de toda guerra) es hasta dónde podría haber llegado Valance de haber vivido para contarla y rimarla. Y qué habría sido de genios raros como el de Alain-Fournier de haber llegado al otro lado. Y de Ernest Hemingway si no hubiese sido herido en los alrededores de Fossalta di Piave para así comenzar con su gran carrera de auto-legendario. Y cómo se hubiese modificado el carácter autodestructivo de Francis Scott Fitzgerald –quien siempre se quedó con las ganas de pasar por esa experiencia iniciática con cuya inexperiencia Hemingway lo torturó hasta el último de sus días y “el coraje es la gracia bajo presión y bla bla blá”– de haber conseguido ir antes de que todo terminase. O de Jules y Jim si no hubiesen vivido para pasarla mucho peor hundiéndose en las cenagosas sábanas de la belicosa y beligerante Catherine mientras Marcel Proust corría jadeando por los boulevards de París cuando, ahí arriba, los aviones “hacían apocalipsis en el cielo”. Y cuál hubiese sido el destino de tantos millones de inmensos desconocidos –o de tantos sobrevivientes irreconocibles y mutilados por sus heridas– a los que sólo les quedó el consuelo de esa malísima excelente idea: la Tumba del Soldado Desconocido frente a la que se arrodillarán en público, el próximo verano, todos aquellos poderosos que se paran en punta de pie para parecer más altos en las fotos.

CUATRO Y así, hechizado pero no tanto, Rodríguez desdeña voluminosos volúmenes globalizadores como The Sleepwalkers de Christoper Clark y se inclina por la brevedad ficticia pero verdadera e intimista de 14 de Jean Echenoz, quien acaba de pasar por Barcelona para presentar sus contundentes noventa y ocho páginas con letra grande. Ambos, junto a tantos otros, restándole algo pero no mucho de espacio al mega-bestseller local desde inicios del 2013 Victus, de Albert Sánchez Piñol, que reconstruye con aires de gesta à la Victor Hugo, los números de otro año que esté año no cumple cien sino trescientos: 1714, y la primera guerra de secesión española culminando con el asalto a Barcelona del 11 de septiembre que, por estos días, Artur Mas no deja de evocar y celebrar con aires un tanto desconcertantes mientras a Sandro Rosell no le queda otra que auto expulsarse del Camp Nou de batalla. Sánchez Piñol –catalán que escribe en catalán– escribió Victus en español porque buena parte de la documentación estaba en ese idioma y se vio envuelto en una de esas polémicas tan de aquí cuando se supo que el Ayuntament dedicó diez mil euros a la traducción de Victus al catalán por considerarlo “un texto importante que habla de la ciudad”. Así las cosas y todos los grandes interpretadores coinciden que la culpa de todo la tiene, siempre, el nacionalismo. Sarajevo fue, apenas, un día y un lugar. No hace nada Nigel Farage, líder del euro-xenófobo UKIP británico declaró que “la Unión Europea es un sombrero raído” y “un eructo en la cara de la historia” mientras asienten en Francia Marine Le Pen y Geert Wilders en Holanda; y la opción/oposición “novedosa” es la pasatista y pasota “antipolítica” de Beppe Grillo. Y advierten de que Europa está cada vez más nacionalista. Y racista. Y que, cuidado, no hay dos sin tres.

CINCO Y el comandante Mariano Rajoy no va a perderse la oportunidad de uno de sus ya célebres comentarios/efeméride desorientados y lanza el obús de un “España ha salido de la trinchera de la crisis y combate ahora en el frente de la recuperación” sin comprender que la gente saltaba de la trinchera para morir en el frente. Y que los soldados rasos no saben qué es la Bolsa pero sí qué son las bolsas en las que recogen sus cuerpos hechos pedazos. Y que el paro baja, sí, pero no porque se genera empleo, sino porque hay menos gente en el país buscando trabajo y cada vez más personas que se van a pelear su vida al extranjero. Y Rajoy lo dice todo con ese aire marcial y uniforme de –en el exacto decir de Iñaki Gabilondo—más gerente que jefe de gobierno: “Un funcionario de Bruselas que habla buen español con acento gallego”. Después, Rajoy, de lo más regio, pronosticó que a la Infanta “las cosas le irán bien”. Y, por supuesto, pocos días después de su marcha triunfalista, las esquirlas de un cañonazo de pesos argentinos vuelven a poner a Rajoy en la posición que siempre le ha correspondido en el tablero y por la que sí hará historia: la retirada inmóvil.

  Esa noche, Rodríguez –volverá a ello a finales de 1918, vaya uno a saber si seguirá dando guerra en el 2039 y 2045—lee algunas de las 300.000 páginas con testimonios atrincherados recién colgados por los National Archives británicos. “Aquí estoy, sentado al sol en la trinchera de nuestro cuartel general. La lluvia que no ha parado en dos días por fin ha cesado y ahora el mundo debería parecer la gloria”, escribe a principios de septiembre de 1914 el capitán C. J. Paterson, del regimiento británico de infantería South Wales Borderers, durante un alto en la primera confrontación del Marne. Y sigue: “La batalla se ha aquietado aquí por un momento, aunque se pueden oír en la distancia los disparos del segundo cuerpo del ejército inglés y la batalla en general. Como digo, todo debería ser hermoso y pacífico y bonito. Pero en realidad es imposible describirlo”. Y Rodríguez mira fotos viejas pero inmortales de la primera guerra fotogénica y filmable en la Wikipedia (esa del soldado montado con lanza y máscara de gas, mezcla de antiguo romano y futurista entrópico) y vuela como en triplano o dirigible con Google Earth sobre el presente de pasadas trincheras. Ahí están, ahí siguen estando: ahora se ven como jardines zen a ser premiados en el Chelsea Show donde los árboles crecen firmes y sin descanso, o como señales para el aterrizaje de extraterrestres que se autodestruyeron. Ahí debajo, dicen, la tierra continúa envenenada, permanecen toneladas de explosivos que no hicieron boom, y se funden unos con otros los huesos internacionales de aquellos que pelearon vaya a saber uno por qué. Con el correr de los años y los siglos y los milenios, tal vez se conviertan en petróleo. Y sus descendientes pelearán y morirán por eso, en su nombre y memoria.

  Descansen en guerra.

 

 

Sangre de mi sangre

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Confiesa Stephen King que, a lo largo de los años y desde 1977, cuando publicó El resplandor, sus cada vez más numerosos seguidores, en todas y cada una de sus apariciones públicas, no dejaban de hacerle la misma pregunta: “¿Qué fue del pequeño Danny Torrance?” Y que a él le gustaba responder, para salir del paso, con una broma: “Se casó con la pequeña Charlie McGee de Ojos de fuego y tuvieron hijos bastante raros”.

  Más allá del chiste y en la intimidad de su estudio, lo cierto es que King (Portland, Maine, 1947) también se hacía esa pregunta. Y se tomó su tiempo para contestársela y pensar en un regreso a una de sus novelas más populares y, para mí, la mejor entre ellas además de, seguro, la Gran Novela Americana de Terror apenas escondiendo a uno de los mejores y más despiadados retratos sobre la desintegración familiar jamás puestos por escrito.

   Porque es evidente que el máximo terrorista en la historia de la literatura norteamericana y perfecto sintonizador de los grandes y universales miedos de su país nunca fue muy dado a volver sobre sus pasos. Y en más de una ocasión apuntó que sólo conocía dos casos de secuelas exitosas: Huckleberry Finn y El padrino II. Y de acuerdo: muchos codazos cómplices a su lectores aquí y allá comunicando unos títulos con otros (en la reciente y magnífica 22/11/63 reaparecen varios personajes de It), Casa negra (segunda parte casi autónoma de El talismán escrita junto a Peter Straub), su expansiva mega-saga La torre oscura y algún relato suelto como aquel en el que se regresaba a aquel pueblo tomado por chupasangres. Pero, hasta ahora, la opción más inteligente y admirable de remozar tramas clásicas (desde el automóvil asesino al cementerio resucitador pasando por profetizadores y demonios tentadores y epidemias fulminantes) y ningún retorno en el sentido más estricto del volver a empezar algo supuestamente cerrado por derribo o más allá de toda rehabilitación.

  De ahí que la publicación de Doctor Sueño –además de acontecimiento editorial e instantáneo best-seller planetario—sea algo digno de estudiar. Y de temblar. Y de temer, porque, ¿y si King se equivocaba y no le salía bien y perdía la apuesta contra su propio pasado? Para muchos, la sola idea de Doctor Sueño (Plaza & Janés) era algo tan absurdo como Bob Dylan grabando algo llamado Blowin’ in the Wind 2: I Have a Few More Questions. Otros –me incluyo—nos limitamos a cruzar los dedos y cerrar los ojos. Después de todo y antes que nada, El resplandor –lo explicó el mismo King en el prólogo a una reedición conmemorativa— fue su novela/bisagra/encrucijada: aquella que le hizo sentir que había trascendido una frontera y dado un gran paso adelante en su arte. Entonces, ahora, ¿otro gran paso, tropiezo, o caída?

  Ahora ya está, ya pasó, ya fue. Y lo cierto es que Doctor Sueño –dedicada al autodestructivo y genial Warren Zevon, compositor de “I’ll Sleep When I’m Dead” — es mejor de lo que cabía esperarse y peor de lo que se deseaba.

  Lo primero: aquí viene de nuevo el iluminado Danny “Redrum” Torrance –sin la ayuda del cocinero Hallorann o el apoyo de su madre Wendy– devenido en alcohólico de cuarenta años por supuesta herencia psico-genética de papá Jack.  (Recordar que King también fue adicto a demasiadas cosas y que solía vaciar varias botellas diarias por los tiempos cuando escribía El resplandor; de ahí que Doctor Sueño funcione, también, como tributo y agradecimiento a la organización Alcohólicos Anónimos.) Pero Johnny Walker y Jack Daniel’s tienen, para Danny, un atractivo extra: porque sólo las bebidas espirituosas consiguen adormecer a las insistentes y espectrales revisitaciones de los huéspedes del Overlook Hotel.

  Mientras intenta olvidar, Danny –a quien, vaya uno a saber por qué no puedo sino leer/ver con el rostro del actor Paul Rudd— se ha convertido, con la ayuda paranormal de un gato, en una especie de “ayudador” de moribundos de un asilo de ancianos a la hora de cruzar al otro lado. Estos episodios hospitalarios, mientras Danny se resiste al canto de sirena de tragos on the rocks, se cuentan entre lo mejor que ha producido King.

  Y un día Danny recibe un mensaje. Una email mental –que reproduce situaciones de Una bolsa de huesos– de una tal Abra “Como Cadabra” Stone: brillante adolescente dotada con un resplandor mucho más poderoso del que él jamás tuvo, fan de las heroínas guerreras de Juego de tronos, y botín codiciado por una suerte de secta nómade que se nutre de jóvenes que poseen este don. Pero para alimentarse con y de ellos hay que secuestrarlos y torturarlos y matarlos y, en el momento del adiós, aspirar el nutritivo e inmortalizante “vapor” que sus cuerpos y almas dejan escapar y…

  Y es aquí cuando y donde empiezan los problemas: porque si algo tenían de bueno –de excelente—tanto El resplandor como su contemporánea Salem’s Lot (a la que se auto-homenajea brevemente con una mención como lugar-repositorio todavía maldito) es que, en su ambición y originalidad, no dejaban de ser obras de intenciones clásicas, con fantasmas rigurosos y vampiros tradicionales.

  En cambio, los “monstruos” de Doctor Sueño –comandados por Rose, mujer fatal cruza de Cher y la Ayesha de H. Rider Haggard con sombrerito y maxilares extensibles y único colmillo punzante— no son ni una ni otra cosa; y se nos obliga a aprender demasiado acerca de ellos sin que, finalmente, nada quede demasiado claro. Los miembros de esta clan nómada proclive a la recitación de mantras en algo que no se sabe si es latín o sioux, son algo así como entidades sobrenaturales y devoradoras que –detalle más gracioso que intimidante, y que los convierte en algo así como jubilados peligrosos— se mueven de aquí para allá en casas rodantes y autocaravanas. Una jauría feroz que responde al nombre de Nudo Verdadero y que, inmemorial y sujeta a rigurosas reglas y protocolos, se parece un poco demasiado a una versión white trash de esos complejos y barrocos mamarrachos en los que acabaron convirtiéndose los en principio nobles y vivísimos no-muertos de Anne Rice. Además, sépanlo, Rose y los suyos son extremadamente vulnerables al sarampión. Es decir: no dan mucho miedo (excepción hecha de ese momento terrible que es el sacrificio ritual del joven beisbolista en la fábrica abandonada) y, detalle verdaderamente inquietante y grave, tampoco parecen darle mucho miedo a Abra. Lo que, las comparaciones son odiosas pero inevitables, nos obliga sin esfuerzo a admitir –y extrañar tanto– el que uno de los grandes méritos de El resplandor era la manera en que King hacía nuestro el terror absoluto experimentado por el pequeño Danny. Por otra parte –luego de una primera mitad reposada y reflexiva y abarcando varios años con elegancia y sentimiento— King, como en otras ocasiones, alarga demasiado el puro presente de la cacería entre perseguidores y perseguidos. Demasiadas páginas hasta alcanzar un duelo pseudo-telepático y final entre Rose y el Nudo Verdadero y Danny y Abra sorpresivamente abrupto y anticlimático (y con otro guiño para connoisseurs, esta vez a La milla verde) seguido de una sorpresa de tipo familiar que, por familiar, no sorprende demasiado. O tal vez es que, para entonces, uno ya está un poco agotado de tanta ida y vuelta.

  Y detalle curioso: a principios de este mismo año Joe Hill, hijo de King, publicó NOS4A2: otra road-novel con devorador de pequeños (a la que Doctor Sueño rinde tributo en su inicio nombrando al terrorífico Charlie Manx a bordo de su Rolls Royce infernal) que parecía invocar y evocar directamente al King temprano de Salem’s Lot y El resplandor. Ahora, casi enseguida, como en una innecesaria devolución de atenciones, el padre, en Doctor Sueño, ha imaginado algo demasiado próximo a lo de su más que digno heredero en lugar de concentrarse él mismo en sus inicios y en las que entonces eran las coordenadas de su genio y gracia. Lo que no le impide que todo vaya a dar, de nuevo, a aquellas montañas y bosques de Colorado donde todo terminó sólo para que ahora siga.

  Y, de acuerdo, se le pueden reprochar muchas cosas a la muy personal y hasta irrespetuosa adaptación cinematográfica que Stanley Kubrick hizo de El resplandor; film que el mismo King no soporta y quien gruñe un poco y dice que tiene que revisar a fondo contratos y derechos cuando le mencionan noticias de una posible precuela para la gran pantalla. Pero lo cierto es que –a la luz y sombras de Doctor Sueño— Kubrick tuvo y tiene allí un gran acierto: en la pantalla, el Overlook Hotel –a diferencia de lo que sucede en el libro y tal vez por problemas de presupuesto para efectos especiales— no acaba volando por los aires al estallar su caldera. En El resplandor de Kubrick, el Overlook Hotel permanece y, con él, la habitación 237 (217 en El resplandor de King). Y eso –donde alguna vez hubo hotel y ahora hay descampado, tierra baldía, terreno aplanado para que los malos estacionen sus vehículos— es lo que más se extraña en Doctor Sueño: la imposibilidad para nosotros de colgar en el picaporte ese pequeño cartel donde se lee NO MOLESTAR. Pedido y orden al que, atravesando todas las puertas sin abrirlas, los huéspedes de nuestras pesadillas nunca hacen el menor caso para así, sin pedir permiso o aguardar autorización, llenar hasta los bordes y acomodarse en nuestras bañeras para hacer eso que ustedes ya saben qué es, porque nunca pudieron ni podrán –ni querrán– olvidarlo.

 

 

Homo Sherlock

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UNO La cosa es así y no hay nada que hacer al respecto: en la vida hay un solo Sherlock Holmes, algún que otro John Watson (quien tiene el privilegio y, también, la paciencia, de ser su testigo testimonial y evolucionar al lado del detective de detectives), mucha gente como uno (que lo disfruta de lejos, pero tan cerca), y demasiados corporativos y poderosos candidatos a Profesor James Moriarty en la sombras, tejiendo su tela con voluntad de arácnido religioso y fatal.

  Rodríguez, por supuesto, es gente como uno. Y las últimas tres semanas ha tenido el privilegio de disfrutar –como miles de españoles—de la tercera temporada de la serie Sherlock, creada por Steve Moffat y Mark Gatiss con una ayudita de Sir Arthur Conan Doyle. Y, claro, si algo tiene la figura de Holmes es un gran poder de contagio. No sólo en lo que hace a discípulos más o menos logrados –el psycho-doctor Gregory House o el poco ortodoxo agente del FBI Aloysius X. L. Pendergast, por citar apenas a un par—sino en lo que hace a la realidad misma. Así, de pronto, para Rodríguez –sintiéndose como un empobrecido “irregular”– todo adquiere la trama compleja y textura nebulosa de un caso imposible de resolver pero aún a la espera de ya saben quién baje por las escaleras del 221B de Baker Street para decir aquello de Come, Watson, come! The game is afoot!”

  Y resolver –y resolvernos– hasta el último de los problemas.

DOS Aunque, piensa Rodríguez, Holmes no lo tendría muy fácil aquí y ahora. A saber: “El Caso de la Infanta Imputada” (¿hará o no el “humillante paseíllo” como nueva estación de su “martirio” frente a las cámaras de la plebe el próximo febrero?) acompañado de “El Expediente del Juez Enjuiciado” (que es lo que le espera al para muchos malo malísimo de Castro, en un paisaje donde la Justicia está cada vez más “influenciada” por los políticos y poderosos, por tener la osadía de ordenar volver de su autoexilio en un ático de luxe en Ginebra a la pobre y abnegada esposa Cristina para que declare en unas semanas que ella no sabía nada de nada y, para colmo, en sábado). “El Misterio de la Ley del Aborto” (que amenaza con ser el tiro por la culata y en el pie del Partido Popular; quien la pensó como forma de mantener el voto de sus seguidores más conservadores) y su conclusión en “La Señal del Hijo Único y la Natalidad Descendente”. “El Enigma del Balón de Oro Llorón” (por favor: basta de Cristiano y de sus supuestas conjuras para ganar lo que Messi le quitó cuatro veces seguidas sin pedirle permiso al muy pelota dueño de la pelota). “El Dilema de las Primarias Escurridizas” (Rubalcaba). “La Aventura del País (Im)Propio” (lo mismo que Cristiano, pero para Artur Mas). “El Secreto de la Luz al Final del Túnel” (que sólo ven algunos fieles de Rajoy y el mismo Rajoy evocando a Bush Jr. a bordo de un portaviones anunciando la victoria, ¿recuerdan?), seguido de “El Acertijo de la Clase Media Menguante” (la brecha salarial –con un salario mínimo en mínimos europeos y congelado– más helada que las cataratas del Niágara y más escalofriante que las cascadas de Reichenbach– y que separa a ricos de pobres es cada vez más amplia y vertiginosa), y concluyendo en “El Acertijo del Empleo Provisorio y Precario” (desciende el paro, sí, pero para trabajar en lo que sea y cómo sea). “El Arcano de la Generación Perdida y Extraviada y Emigrada” (no tan jóvenes obligados a partir o a permanecer con sus padres que se han mudado a lo de sus propios padres). “La Paradoja del Papa Transgresor” (de acuerdo: como sucedió con Obama y su predecesor, cualquier cosa va a ser mejor que Benedicto XVI; y, sí, Francisco es cercano e ingenioso y tan argentino en su genio para venderse y comprarse pero, piensa Rodríguez, suficiente de gracietas y manos a la obra y, por ejemplo, aportar la información que pide la ONU sobre casos de pederastia, ¿no?; porque para campechano, Rodríguez ya le da de comer al Rey desde hace años). “El Affaire del Jefe de Gobierno Genuflexo” (Rajoy en Washington junto a Obama, quien le da palmaditas en la cabeza y le hace chistes con el fútbol y el vino español que, se sabe, son las cosas que se dicen cuando no hay nada que decir a un tipo que no habla tu idioma y mira bizqueante y suplicante a su intérprete y enumera con los deditos y la lengua fuera y enseguida tuitea mucho sobre su orgásmico encuentro, mientras que su homólogo norteamericano no le dedicó ni ciento treinta y nueve caracteres). “El Problema del Síndrome Gamonal” (y el temor paranoide de la clase dirigente y escrachada porque el que las protestas más o menos violentas por la construcción y adjudicación poco clara de un boulevard y parking en Burgos se extiendan a todo el territorio con ciudadanos cada vez más agotados por los inagotables). “La Maldición del Estado de Bienestar en Cada Vez Peor Estado” (pues eso). “El Suspenso del Prisionero en Suspenso” (Bárcenas que, en cualquier momento, resurge de sus catacumbas como cancerbero sobrenatural para dar la mordida final). Y para terminar, por suerte, consuelo y premio, con “La Enorme Alegría del Televidente Infinitamente Agradecido”…

TRES …por una tercera temporada de Sherlock y por un colosal Benedict Cumberbatch y un inmenso Martin Freeman que han aggiornado a Holmes y Watson (inolvidable el “A Scandal in Belgravia” de la segunda temporada, modernización del clásico de Doyle “A Scandal in Bohemia” a la altura de los grandes thrillers de todo los tiempos) sin por eso faltarles el respeto o caer en el efectismo especial de lo de Robert Downey, Jr. y Jude Law o la elementalidad de Elementary. Sherlock –cuidarla bien y para siempre; porque la reciente entrada de los derechos en domino público hace temer una tormenta de aprovechadores—es muy divertida e intrigante y sólo erró, apenas, la puntería cuando transmutó al sabueso de los Baskerville. Ahora, con Holmes de regreso de entre los muertos (y riéndose de sí mismo y del inverosímil truco para su resurrección) la nueva tanda de Sherlock tuvo la inteligencia de dedicar las dos primeras entregas de este año a profundizar humorística y emotivamente, y con (des)estructuras narrativas de notable originalidad, en la relación de la más equilibrada de las parejas disparejas (el discurso del por definición propia “sociópata altamente funcional” Holmes como padrino en la boda de Watson, seguro, ya es parte de la gran historia de la televisión). Y se reserva un cierre con un cierre de vértigo y la presentación de un nuevo enemigo de altura para ocupar el sitio que dejó vacío Moriarty: un tal Charles August Magnusson. Y –Rodríguez cuenta las horas y los minutos y los segundos para la caída de esta noche de martes en la que él volverá a levitar de gozo y gratitud– con Magnusson, adelantan, el buen humor queda atrás y avanza el mal humor, el humor oscuro del mal que vuelve sin nunca haberse ido del todo.

  El Mal.

  El Gran Mal.

  ¿Qué sería de nosotros, los pequeños buenos, sin él para medirnos y compararnos y consolarnos, pensando en que algún día se hará justicia para todos?

  Mientras tanto y hasta entonces y hasta la temporada que viene, esta noche pasan y pasa Sherlock.

  “El Alivio del Placer Elemental, Querido Rodríguez”.

  No es una solución al problema final, de acuerdo; pero es una buena pista a seguir.