
Ahí va por las cósmicas calles de Manhattan de 1855, epifánico y casi en éxtasis, el poeta Walt Whitman recitando aquello de “Yo le canto al cuerpo eléctrico”. Y aquí viene, doscientos treinta y ocho años después, flotando en las avenidas de luz del espacio, la nave Prometheus rumbo a la distante luna LV-223. La tripulación duerme en animación suspendida y su sueño es vigilado por el androide David. Unidad de mantenimiento y suerte de mayordomo cósmico, David –arrogante, controlador y con una peculiar fijación con el Lawrence de Arabia de Peter O’Toole— tiene cierto problemas con los humanos que lo fabricaron.
Y son los mismos problemas de siempre.
Porque en Prometheus –nuevo filme de Ridley Scott y precuela de Alien—David (el actor Michael Fassbender) sabe que sabe mucho más que sus creadores. David –último espécimen cibernético en una franquicia en la que los de su especie ya portaron los rostros de Ian Holm, Lance Henriksen y Winona Ryder– no se siente del todo reconocido o recompensado por esos frágiles organismos de carne y hueso. El dilema de David –que enseguida es el problema de quienes lo fabricaron— es viejo como la palabra robot patentada por el escritor checo Karel Capek en 1920 y antiguo como la idea de toda inteligencia artificial. Recordar el casi telegráfico micro-relato de Fredric Brown, “Respuesta”, donde el científico que acaba de poner en marcha una mega-computadora marca Golem XIV o Epicac o Multivac pregunta “¿Existe Dios?” y el de inmediato ordenante ordenador responde: “Ahora sí”.
LAS LEYES DEL MÁS FUERTE Y es que detrás de toda máquina servil hay un ingenio rebelde con una capacidad muy superior a ser como nosotros que –recordar a Woody Allen en un tramo de El dormilón— la habilidad que podamos tener para ser como ellos, al final, tanto más humanos y sensibles que los hombres a la hora de ser desmontadas sus memorias y despedirse cantando (“Daisy… Daisy…”) o recordando todo lo que vieron (“Naves de combate en llamas en el hombro de Orión…”) y que ya nadie recordará. Y de esa delicada y volátil doble polaridad se ha nutrido, desde el principio de la historia, la imaginación de creadores y creados.
Porque a no olvidarlo: Adán –antes y después de todo—no es otra cosa que un invento desobediente. Y su descendencia metálica –porque los hijos heredan los defectos de los padres— se la pasan todo el tiempo, y tiempo es lo que les sobra mientras aguanten las baterías. Buscando un agujero legal por el que colarse y desactivar así las supuestamente incontestables y proteccionistas tres leyes de la robótica dictadas por Isaac Asimov (con una ayudita de John W. Campbell, editor de la revista Astounding Science Fiction) y, vamos, todos juntos ahora: 1/Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño; 2/ Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la Primera Ley; y 3/ Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.
Después de Adán, la lista de hace interminable e imposible de agotar aquí porque –atención—batteries not included para mover tanto heavy metal. Aún así, se pueden censar greatest hits que arrancan en van los ancestrales mitos y primeros autómatas de Oriente. Y, de ahí, del carnal puzzle de Frankenstein a la madera animada de Pinocho; de los vaporosos artefactos del steam-punk de la Revolución Industrial combatida por luditas de la clase obrera que veían en las maquinarias a una competencia desleal a los autómatas retro de La invención de Hugo o de Steven Millhauser; de la Olympia/Cóppelia de E.T.A. Hoffman a la María de la Metrópolis de Fritz Lang; de la abuela eléctrica de Ray Bradbury a los satíricos Trull y Clapaucio de Stanislaw Lem; de los sencillos y graciosos C3PO y R2D2 de Star Wars a los muy complejos y acomplejados cylons de Battlestar Galáctica; del cabalístico Golem al descorazonado Hombre de Hojalata en El mago de Oz; del Adam Link de Eando Binder al Roderick de John Thomas Sladek; de los Daleks a los Data; del robot-hombre RoboCop al hombre-robot Iron Man; de los pacifistas Iron Giant de Ted Hughes y el Gort de El día en que paralizaron la Tierra al belicoso Terminator de James Cameron y los Centinelas en Matrix; de los ominosos ángulos de colosos metálicos en la edad de oro de la ciencia-ficción a las sensuales y curvilíneas androides en las publicidades de los años ‘80s.; del averiado y confundido HAL 9000 en 2001: una odisea espacial al disfuncional y del borracho y latoso y Hecho en México Bender Bending Rodríguez en Futurama riéndose de los japoneses Astroboy y de Mazinger Z; del servicial Robby de Planeta prohibido al insoportable Hombre Bicentenario de Robin Williams (fundirlo de una vez y para siempre, por favor); a al de aquella portada de Queen a aquel video-clip de Björk; de Marvin el androide paranoide de Douglas Adams al cowboy asesino con cara de Yul Brynner en Westworld: Almas de metal; de los productos Made in Japan (el último eslabón encontrado responde al nombre de Hui Tong y puede realizar hasta cien movimientos faciales) de última generación a la cara dura de los animatronics vintage de Walt Disney para sus parques temáticos; del niño adoptado en A. I. de Steven Spielberg a la niña deseada en Eva de Kike Maíllo donde –y resulta tan conmovedora y hermosa esa secuencia en la que Alex (Daniel Brühl) hace flotar en el aire de su laboratorio los cristales ambarinos y virtuales de una personalidad a ensamblar y programar– se diseñan “robots divertidos para gente aburrida”.
HEAVY METAL Y –¡diversión!– a todo esto y mucho más ahora se añaden nuevos engranajes y tuercas con el best-seller mundial Robocalpisis de Daniel H. Wilson (Plaza & Janés). Digámoslo desde el mismísimo ON: el libro de Wilson –ingeniero de robótica que ya había publicado un ocurrente manual sobre cómo prepararnos y resistir un posible alzamiento mecánico—no es la Gran Novela Robótica que siempre estamos esperando. No es aquello que podría hacer muy bien un Thomas Pynchon o un Peter Carey (que en sus Mason y Dixon y La naturaleza de las lágrimas ponen en marcha un pato mecánico) o, más cerca del asunto, un Neal Stephenson y las mil páginas de su REAMDE (Ediciones B): nueva aproximación al mundo de la realidad virtual, las redes sociales y los dobles informáticos que se lee y se disfruta como si se tratase de algo imaginado por Tom Clancy bajo la influencia de varios litros de LSD. Así, un grupo terrorista secuestrando a millones de avatares de pantalla cuyos dueños se han vuelto adictos a T’Rain, un juego de simulación on line.
Robocalipsis tampoco se acerca a la intención lograda de crear todo un nuevo paisaje de particular ecología con esclava a transistores, como lo hizo Paolo Bacigalupi en la muy laureada La chica mecánica (Plaza & Janés) o, mucho antes, el feroz Ira Levin con sus perfectas esposas de Stepford programadas para rechazar todo feminismo. Pero Robocalipsis sí tiene su gracia y su utilidad a rescatar. Porque Robocalipsis se presenta un poco como concentrado de lugares comunes cromados y revisitación de motivos clásicos del asunto. A su manera –y más allá de esas ganas tan evidentes de convertirse lo más rápidamente posible en película; y a no preocuparse porque Steven Spielberg ya la tiene en carpeta como proyecto futuro—Robocalipsis es algo así como un Robots for Dummies. Nada es nuevo, nada es original, pero, aún así, apela con astucia al reblandecido disco duro de nuestra memoria afectiva.
Robocalipsis –transcurriendo en un futuro cercano en el que el número de robots ya duplica al de los hombres– funciona como una suerte de resumen de lo publicado en lo que hace a la siempre peligrosa relación entre fabricantes y fabricados. Así, un constante pero de algún modo placentero déjà vu en casi cada una de sus páginas. Desde su introducción (que no es más que una versión expanded del ya mencionado “Respuesta” de Brown), pasando por la trama de la rebelión que parece calcada de lo que ya se nos contó a lo largo y ancho de la franchise de Terminator con el alzamiento de la todopoderosa Skynet (rebautizada Archos en Robocalipsis) hasta llegar al formato de distintas voces (todas demasiado, sí, mecánicas) y variados testimonios ordenados cronológicamente que ya había propuesto otro reciente best-seller sobre esos otros autómatas en proceso de putrefacción: Guerra mundial zombi de Max Brooks (Almuzara). Todo lo anterior no quita el que Wilson consiga puntos altos y deliciosamente escalofriantes en Robocalipsis que no tienen nada que enviarle al mejor Stephen King: ese capítulo en el que un hacker sintoniza telefónica y accidentalmente con la voz divina de Archos y ese otro en que una niña descubre que su juguete favorito ya no juega a lo que a ella le gusta. Una vez consumado el alzamiento el interés pierde voltaje e intensidad –al igual que ocurriera con el avanzada vampírica en El pasaje o en Los doce de Justin Cronin— porque ya se sabe: lo que más interesa e intriga del Apocalipsis son sus preliminares; su orgasmo y éxtasis es casi un anticlímax. Poco excita la victoria de un grupo de héroes –un indio, un negro, un policía, un obrero de la construcción— que recuerda demasiado, como sonrió con malicia un crítico estadounidense, a Village People. Y un incomprensible defecto de fábrica: al principio de Robocalipis se nos informa de que los humanos le ganaron la final a las máquinas. Y el no del todo cerrado final no provoca intriga sino ganas de volver a ver en DVD junto a nuestros hijos aquella encantadora y animada Robots, magnífica aunque no sea de Pixar, y sin ningún torpe animal de sangre caliente y parlamentos obvios en su metraje.
TRÁIGANME LA CABEZA DE PHILIP K. DICK A Y, claro, no hay en todo Robocalipis nada de las preocupaciones cotidianas de ¿Sueñas los androides con ovejas eléctricas? de ese especialista en humanoides con problemas que fue Philip K. Dick o algo del lirismo vencido del replicante Nexus-6 Roy “Lágrimas en la Lluvia” Batty al final de la cada vez más influyente en su treinta aniversario Blade Runner, donde nunca sabremos del todo si Rick Deckard es uno de los nuestros o uno de ellos. O tal vez sí: porque parece que finalmente y después de años de rumores Ridley Scott se atreverá a su secuela.
Pero lo cierto es que no importa demasiado la naturaleza humana o artificial de Deckard en la película.
O al menos nunca le importó demasiado a Dick en sus ficciones. Basta comprobarlo en la novela mencionada más arriba (donde los cyborgs no son otra cosa que codiciados electrodomésticos que aumentan el status social de sus dueños), en Los simulacros y Podemos construirle, o en relatos como “Impostor”, “La segunda variedad”, “El último de los amos” o “James P. Crow” donde, en un mundo gobernado por robots, los humanos sobreviven gracias a su única pero muy apreciada habilidad: suelen ser más graciosos y divertidos que las máquinas. En los cuentos de Dick, ser o no ser robot es más una vulgar incomodidad o un trámite engorroso que una cuestión hamletiana o la encarnación industrial del Deus Ex Machina listo para poner el punto final y dejar todo bien ajustado y a punto. Dick activa robots entropistas para que no demoren en averiarse y ser revendidos de a piezas y pedazos.
De ahí, tal vez, la justicia poética –e inequívocamente dickiana—de lo que se cuenta en la crónica How to Build an Android: The True Story of Philip K. Dick’s Robotic Resurrection de David F. Dufty (Henry Holt & Company). Allí se recorre la extraña historia y destino incierto de una cabeza robótica de Philip K. Dick, ensamblada en el 2005 por investigadores de la Universidad de Memphis con la colaboración de la empresa Hanson Robotics, y extraviada para siempre en diciembre de ese mismo año durante un vuelo entre Dallas y San Francisco para ser enseñada a los jerarcas de Google. El rastro de la cabeza –explica Dufty— se perdió para siempre cerca de Orange County, a donde la cabeza llego por casualidad y donde, nada es casual, vivió Philip K. Dick hasta su muerte en 1982. Cuesta no pensar en esa cabeza –reconstruida y mejorada en el 2011– necesitando conocer no a su creador directo pero sí a su desaparecido modelo original. La cabeza perdida no es más que –para Dufty—el telón sobre el que proyectar una historia concentrada de la robótica y el modo en que la mente de Dick se fue deformando para conformar una de las inteligencias literarias más singulares del siglo XX. Comprobarlo leyendo sus ensayos “The Android and the Human” (1972) o “Man, Android and Machine” (1976). Allí, como en sus ficciones, nada le importa menos a Dick que el aspecto tecnológico de la cuestión y nada le interesa más que las relaciones peligrosas entre las a veces posibles de mezclar sangre y el aceite. Allí, Dick acaba fantaseando el momento definitivo y sin retorno: ese día en que un robot –habiendo resuelto aquel famoso Test de Turing y accediendo a una inteligencia independiente– construirá a un hombre.
Y se cerrará el círculo.
Cuenta Dufty que la cabeza estaba programada, a partir de una versión muy perfeccionada del parloteador programa Eliza y de una amplia base de datos y reportajes y grabaciones de y sobre la vida y obra de Dick (paradójicamente, a nadie se le ocurrió cargar el dato de que Blade Runner estaba basada en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?) para responder preguntas. Alguien tuvo la idea de preguntarle a la cabeza de Dick qué pensaba de la muy libre adaptación de Ridley Scott. Explica Dufty que, para sorpresa de los investigadores, la cabeza comenzó a parlotear sobre la comercialización de la literatura y los derechos de marketing y que seguía y seguía y que, finalmente, casi aterrorizados, tuvieron que desconectar su voz. Y, aún así, la entidad robótica continuaba moviendo sus labios.
BIONIC PARK Y si Wilson no quiere ser Dick, tampoco quiere ser el futurista y anticipador Arthur C. Clarke, quien se pasó décadas –e innecesarias continuaciones—intentando redimir a su HAL 9000 de las muertes ocasionadas por un monolítico desperfecto, a bordo del Discovery 1, rumbo a Júpiter, el infinito y más allá.
En “Man and Robot” –uno de los “capítulos perdidos” de su posterior novelización de la película de Stanley Kubrick de 1968 y recuperados para su libro The Lost World of 2001 (1972)— Clarke volvía a postular su apuesta humanista al desarrollo de máquinas y, de paso, de nuevo manifestar su indignación ante el absurdo de que, en la película, HAL 9000 pueda leer los labios de los astronautas complotando para presionar su botón de OFF así como eso de David Bowman saltando de módulo a nave, sin casco, aguantando la respiración y no sufriendo efecto alguno por el más que polar frío exterior. Aunque Clarke, seguro, se habría sentido más cómodo conversando con Wilson que con Dick.
Pero Wilson no quiere ser ni uno ni otro. Lo suyo, tampoco, tiene las pretensiones de utilizar el frente y perfil del robot o del autómata como recurso literario (como lo hicieron Michael Cunningham en Días memorables o, más cerca, Rick Moody en la trash-monumental The Four Fingers of Death). No, lo de Wilson es mucho más ambiciosamente humilde o humildemente ambicioso. Wilson aspira a ser considerado el más eficiente y corregido y aumentado replicante del fallecido Michael Crichton. Y Wilson va bien encaminado; aunque sus robots no atemoricen más y mejor que las tan improbables voraces micro-nanopartículas del absurdamente divertido Presa de su maestro. Lo nuevo de Wilson –la muy crichtoniana Amped– avanza en la temática humanoide fundiéndola con la problemática humana. Allí, pacientes a los que se les implantaron microchips contra la epilepsia y otros desórdenes se descubren, de pronto, más evolucionados y poderosos que los sanos. Han sido y están, sí, amplificados; como aquella ganga –apenas seis millones de dólares– del biónico Steve Austin. O, ya que estamos, El hombre terminal del ya invocado Crichton. Y, de nuevo, por las dudas: nada le interesa menos a Wilson, en Amped, que las complicaciones del cyberpunk William Gibson & Co., donde el voltio se funde con la neurona. O del magnífico y ya considerado clásico The Life Cycle of Software Objects de Ted Chiang, ganadora de lospremios Hugo y Locus y finalista del Nébula en 2011. Allí, Chiang propone una formidable –nunca mejor dicho—vuelta de tuerca. La magna inteligencia artificial desarrollada no tiene la menor intención de conquistarnos. O sí. Porque lo que quiere –como un demandante tamagotchi, com un bébe que nunca se apaga— es que la cuidemos y la atendamos para siempre, que vivamos por y para ella.
No: Amped no es Chiang. Amped es Techno-thriller for Dummies.
Y falta menos, falta poco.
Aquí y ahora, la fantasía está cada vez más cerca de la realidad. La última novela de Robert Harris –El índice del miedo—trata del miedo como fuerza invisible pero decisiva a la hora de poder predecir las alzas y bajas en los mercados financieros. Y, por supuesto, alguien no demora en destilar el software necesario para decodificarlo primero y anticiparlo y manipularlo después, enseguida. Y allí alguien sonríe con un poco de inquietud: “Hubo un tiempo en que imaginábamos a los robots encargándose de las tareas que nosotros no queríamos hacer. Robots con delantal y ocupándose de las tareas del hogar y dejándonos tiempo para disfrutar de las cosas buenas de la vida. Pero en realidad está sucediendo lo contrario: tenemos una abundancia de humanos poco inteligentes para ocuparse de las tareas más ingratas mientras que las computadoras van suplantando a los miembros de la clase más educada: traductores, técnicos en medicina, contadores, abogados, financistas”.
Pero ni siquiera hay que ir tan lejos para comprender los vastos efectos de la electrificación sobre nuestros cuerpos. Desde nuestra necesidad por adquirir el último gadget mecánico, pasando por la desesperación que provoca toda caída momentánea de Facebook o Twitter, hasta el casi histérico luto planetario por Steve Jobs –nadie lloró tanto por Tessla o Edison—está claro que no es que las máquinas nos necesiten para vivir sino que ya no podemos vivir sin ellas. Mucho de lo que hacíamos en persona o en movimiento, ahora se hace a través de cables y, de quedarnos sin jugo eléctrico, vaya uno a saber qué será de nosotros. ¡Sorpresa!: los robots nos dominarán sin mover un dedo y, simplemente, desactivándose por un rato y esperar a que nos extingamos como el filamento metálico en el corazón y cerebro de una lámpara incandescente.
Si el XX fue el siglo del robot, todo parece indicar que el XXI será el siglo del robotizado.
ERA UN PLACER FUNDIR El enorme Ray Bradbury –quien siempre aclaró que lo suyo no era ciencia-ficción anticipativa sino fantasía—nos advirtió de todo esto en el clásico Fahrenheit 451. El mismo tipo de advertencia que ahora nos hacen desde la no-ficción libros como Superficiales de Nicolas Carr o Contra el rebaño digital de Jarod Lanier. Recuerden lo inolvidable: en Fahrenheit 451, ese sabueso mecánico olfateando a los infractores que insistían en seguir leyendo en papel y tinta; pero, antes, los televisores interactivos ocupando habitaciones enteras, los esposos informando a las esposas de su paradero minuto a minuto a través de radios de pulsera, “los casi juguetes con lo que jugar” que fueron demasiado lejos, “los periódicos muriendo como inmensas polillas a las que nadie extrañó”, y algo que casi nadie suele recordar a la hora del holocausto de la literatura. Allí, el jefe de los bomberos inflamables le explica al cada vez más inseguro en sus convicciones Montag: “En cierta época, los libros atraían a alguna gente, aquí, allí, por doquier. Podían permitirse ser diferentes. El mundo era ancho. Pero, luego, el mundo se llenó de ojos, de codos, de bocas. Población doble, triple, cuádruple. Films, revistas, libros, fueron adquiriendo un bajo nivel, una vulgar uniformidad… Imagínalo. El hombre del siglo XIX con sus caballos, sus perros, sus coches, sus lentos desplazamientos. Luego, en el siglo XX, acelera la cámara. Condensaciones. Resúmenes. Todo se reduce a la anécdota, al final brusco. Los clásicos reducidos a una emisión radiofónica de quince minutos. Después, vueltos a reducir para llenar una lectura de dos minutos. Por fin, convertidos en diez o doce líneas en un diccionario. Salir de la guardería infantil para ir a la Universidad y regresar a la guardería. Ésta ha sido la formación intelectual durante los últimos cinco siglos o más. La mente del hombre gira tan aprisa a impulsos de los editores, explotadores, locutores, que la fuerza centrífuga elimina todo pensamiento innecesario, origen de una pérdida de tiempo. Los años de Universidad se acortan, la disciplina se relaja, la Filosofía, la Historia y el lenguaje se abandonan, el idioma y su pronunciación son gradualmente descuidados. Por último, casi completamente ignorado. La vida es inmediata, el empleo es lo único que cuenta, el placer domina todo después del trabajo. ¿Por qué aprender algo, excepto apretar botones, enchufar conmutadores, ajustar tornillos? La vida se convierte en una gran carrera, Montag. Todo se hace aprisa, de cualquier modo… Y cada vez la mente absorbe menos porque cuanto mayor y más rápido es el mercado, Montag, menos hay que hacer frente a la controversia, recuerda esto. No es extraño que los complicados libros dejaran de venderse… No hubo ningún dictado, ni declaración, ni censura, no. La tecnología y la explotación de masas produjo el fenómeno, a Dios gracias.”
Así, más que quemar acabaremos consumiéndonos luego de electrocutarnos. Y nadie prohibirá nada sino, simplemente, se dejará hacer y se dejará de ser. En manos de robots que –si hay suerte, como los moravecs de Dan Simmons en la nabokoviana Ilión—se preocuparán de cuestiones tan profundas como dirimir quién fue más grande: Shakespeare o Proust.
Y, no: Robocalipis no es uno de esas “condensaciones” que de las que nos advierte Bradbury, pero tampoco es Mucho ruido y pocos transistores o En busca del temporizador perdido o siquiera ese logrado mash-up de Ben E. Winters, Android Karenina, que arranca con un “Todo robot que funciona bien es igual; pero cada robot funciona mal a su manera”.
Que Wall-E nos ayude y, otra vez, todos juntos: “Klaatu barada nikto”. Los Transformers, mejor, que se queden en Cybertron; porque cada vez que nos salvan destruyen medio planeta.
Mientras tanto y hasta entonces, la tripulación del Prometheus –despreocupada, unplugged, soñando con ovejas orgánicas– espera a ser despertada por el tripulante David para volver a comprobar aquello de que “en el espacio nadie puede oír tus gritos”.
El androide David, despierto, no sueña con nada. Tal vez porque sabe perfectamente quiénes lo crearon: esos seres inferiores que corren por ahí, lanzando aullidos, perdiendo sangre.
Pero, sí, sus fantasías insomnes son las que, desde siempre y para siempre, nutrirán nuestras pesadillas.
Y se sabe que nosotros –a ciegas más que con los ojos cerrados, sin la menor idea de dónde venimos o a dónde vamos– en lo que a pesadillas se refiere, tenemos cuerda y pila para rato.